Reflexiones Nigeria | 12 marzo 2022
¡Su presencia me hace fuerte!
Ninguna victoria es fácil, pero esta será más asequible cuando aprendemos que existe una escuela en la que debemos educarnos.

 

 

En muchas ocasiones, el enfrentamiento que se produce en nuestras vidas cristianas contra las huestes del mal, aunque breve, puede percibirse como toda una eternidad. La realidad es que nos enfrentamos a un enemigo que lucha de manera total y de esa misma manera, provistos de todas las armas espirituales otorgadas por nuestro Dios, debemos enfrentarle.

Cualquier religión o filosofía puede llegar a ofrecer al ser humano argumentos o ideas sobre como resignarse o conformarse (de manera fatalista) al sufrimiento o al dolor, ofrece la oportunidad de sumarse a una milicia que ¡ya ha sido derrotada!

Pero Cristo ofrece victoria real ante cualquier adversidad. ¡Él ofrece su presencia y compañía en todo momento, en toda circunstancia y en todo lugar a sus hermanos que sufren por su causa! Es la presencia de Cristo la que en realidad capacita al hombre para sobreponerse en situaciones en las que otros caerían desplomados.

Fue la presencia de Cristo la que hizo que Pablo y Silas abrieran sus gargantas para alabarle en medio de la mazmorra y el cepo. Fue la presencia de Cristo la que insistentemente hizo que Pablo, el apóstol, escribiera textos semejantes a estos:

«Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las debilidades, en afrentas, en necesidades, en persecuciones, en angustias; porque cuando soy débil, entonces soy fuerte».

2ªCorintios 12:2

Es la presencia de Cristo la que cada día hace que millones de cristianos que sufren intensamente por su fe en Él, se levanten de cada tropiezo.

«Durante el tiempo que duró el ataque oraba por mis hermanos, para que Dios fortaleciese su fe» comparte el pastor Andrew. «Oré para que Dios fortaleciese la fe de mi pueblo. Incluso aunque estuviesen secuestrados, debían mantenerse firmes en la fe».

Cuando Andrew y los demás llegaron a Guyaku, la escena era desoladora. El fuerte olor a humo se elevaba por el aire y las casas continuaban ardiendo. Boko Haram había robado las posesiones de todos y habían quemado lo que no pudieron llevarse.

En un momento dado, a medida que algunas personas comenzaban a reparar sus casas, el pastor Andrew supo que era hora de reunirse nuevamente. «Junto con algunos miembros de la iglesia, unimos las láminas de zinc chamuscado y algunos palos y levantamos un lugar de adoración», dice.

Al igual que en esta aldea de Nigeria, cuando al final, la victoria llega a su término, solo nos queda el alzar las manos y proclamar ante todos que su fidelidad es grande y que nuestra confianza en su bondad y cuidado no ha hecho sino solamente aumentar y enraizar más en nuestro ser. Fue la presencia de Cristo la que estuvo con Andrew y levantó a su iglesia una vez más. Bajo un techo improvisado de zinc quemado, esta fiel congregación volvió a adorar a su Salvador.

«¡Oh, Dios de lo imposible!

Cuando no quede esperanza,

danos la fe y la confianza

de saber que para Ti todo es posible.

Tu nombre y tu Palabra lo prometen

y no te dejaré partir

hasta que tus poderes muestres,

Dándome la bendición que pedí.»

J.H.S.

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