Reflexiones Burkina Faso | 26 marzo 2022
Iglesia, «Yo soy, ¡no temas!»
Dios siempre saldrá al encuentro de sus hijos, especialmente en los momentos más duros.

 

 

En una ocasión, el antiguo predicador J. Mc Neil, relató como durante su niñez en Escocia, trabajaba a una distancia considerable de donde vivía. Una parte del camino atravesaba un largo y denso bosque. Muchos sabían que aquella zona era frecuentada por bandas de malhechores y ladrones que asaltaban a los caminantes.

Desafortunadamente para John, la oscuridad de la noche siempre le sorprendía en esta parte del camino. «¡Con cuanto temor realizaba la última parte del camino! Nunca crucé aquellos bosques sin temblar de miedo» Afirmaba.

Todo cambió cuando una noche especialmente tenebrosa, el joven fue consciente de que alguien le seguía. Estaba seguro de que sería un ladrón y justo antes de desfallecer por el miedo, oyó una voz que lo llamó por su nombre. Cuando pensó que definitivamente había llegado su fin, escucho más claramente la misma voz por segunda vez: «John, ¿eres tú?». ¡Era la voz de su padre! Quien sabiendo el miedo que siempre tenía al atravesar esa zona, había ido a encontrarle.

Y esta es la forma en la que Dios trata con nosotros y hace que lo que nos resta del duro y difícil camino se transforme en un agradable paseo, siendo confortados por su abrazo y cariño.
 

«No podéis escapar; al que lo haga, lo mataremos».

Extremista musulmán

Y es que Dios siempre saldrá al encuentro de sus hijos, especialmente en los momentos más oscuros de su fe. En los momentos en los que la mayoría caería presa del terror, nuestro Padre celestial nos sustenta ofreciéndonos consuelo, apoyo y empuje.

Aún la exhortación de Jesús desde el mar a sus aterrados discípulos conmovidos por la tormenta sigue resonando en nuestros días: «¡Yo soy, no temáis!» Es esa misma voz la que sigue llamando a cada uno de sus hijos que son amenazados por el rugir del viento y la opresión de las tinieblas cuando tienen que abandonar sus casas, huir de sus poblados o esconderse en lugares lejanos, recordándoles que en medio de ese camino que les toca transitar, Él estará con ellos y transformará su miedo en confianza.

Isaías, un creyente del norte de Burkina Faso nos cuenta el día en el que los yihadistas entraron en su pueblo: «Nos rodearon con armas. Llevaban sus caras cubiertas para que no pudiéramos reconocerlos. Intentamos correr y escapar, pero nos lo prohibieron diciendo: “No podéis escapar; al que lo haga, le mataremos”».

«Todos teníamos mucho miedo porque no se fueron muy lejos. Estaban entre los árboles. Nadie podía dormir en su casa. El domingo siguiente fuimos a la iglesia y alguna gente vino a decirnos que habían vuelto al mercado. Salimos de la iglesia y nos escondimos. Nos dijeron que, si no nos convertíamos al islam, nos matarían».

Para Isaías, esto suponía una decisión difícil: significaba abandonar la única forma de vida que conocía o quedarse en su pueblo y ser asesinado, así que él y su familia huyeron a la ciudad de Kaya.

A pesar de que muchos desearían no tener que atravesar nunca caminos oscuros como los de nuestro hermano Isaías, la verdad es que La Iglesia en el mundo es en ocasiones esa barca azotada por el viento y las olas, zarandeada por la tentación de pensar que Jesús no está presente en medio de la tribulación. Pero sin duda verdaderamente aliviada y afirmada cuando escucha la voz tras de sí que la llama por su nombre.

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