Historias Corea del Norte | 10 septiembre 2021
Prisionera 42

La prisionera 42 es una creyente secreta de una prisión de Corea del Norte en la que es torturada y esconde su fe para salvar la vida.

 

 

¿Saldré viva de este infierno?

La prisionera 42 es una creyente secreta de una prisión preventiva de Corea del Norte en la que tiene que soportar ser torturada para esconder su fe y salvar la vida. Tras los barrotes, reflexiona sobre su vida, sopesa sus posibilidades de supervivencia, lucha con Dios y canta una oración en su corazón.

Se trata de una historia real basada en el relato de una cristiana norcoreana a la que primero enviaron a una prisión y luego a un campo de reeducación. Se han añadido detalles de los relatos de otros prisioneros.

Prisionera 42


Lo primero que se llevan es tu nombre.
Después se llevan tu libertad.
Se llevan tu salud y la compañía de otras personas.
Se llevan tu ropa y tu pelo.
Hasta que, finalmente, se llevan la luz del sol.

Gota a gota, como un grifo que se está cerrando, te vas quedando sin nada a excepción de tu cuerpo y de tu mente que, al final, serán destruidos por este lugar.

Mi nombre es “Prisionera 42”. No me llamo así en realidad, claro, pero es el nombre que me asignaron cuando ingresé en esta prisión de Corea del Norte.

Cada mañana, a las ocho, reclaman a la “42”. Al ponerme de pie, no se me permite mirar a los guardias. Tengo que levantarme, poner las manos detrás de la espalda y seguirlos a la sala de interrogatorios. Veo sus sombras pero me cuido de que nunca dé la impresión de que los estoy mirando.

Aunque todos los días son iguales, aún tengo mucho miedo. Cada vez que llaman a la “42”, me golpean y me dan patadas… En los oídos es donde más me duele, me pitan durante horas o, a veces, días.

«Pero al menos sigo viva por ahora».

El interrogatorio que nunca termina

Todas las mañanas me interrogan, todos los días me hacen las mismas preguntas:

“¿Por qué estabas en China? ¿Con quién te reuniste? ¿Fuiste a alguna iglesia?
¿Tenías una Biblia? ¿Te reuniste con surcoreanos?
¿Eres cristiana?”

Cuando terminan, me devuelven a la celda, que es cálida durante el día pero fría por la noche, y en verano o invierno la temperatura puede ser insoportable. Es tan pequeña que apenas puedo tumbarme.

De todas formas, no permiten que me tumbe mucho. Tengo que ponerme de rodillas con los puños cerrados, ni siquiera me permiten que los abra. El lugar en el que estoy ahora no es apto para ningún humano pero, para los guardias, no soy un ser humano, soy menos que un animal. Estoy encerrada en esta jaula donde la puerta, pesada, y los cerrojos se cierran a mi espalda de un portazo que retumba en la sombría luz que nunca brilla en este lugar.


Estoy en aislamiento porque sospechan la verdad. Pueden verla a través de mis negativas en la sala de interrogatorios.

Porque amo a Jesús.

¿Soy cristiana? Sí, pero tengo que fingir lo contrario. Si admito que recibí ayuda de cristianos chinos, me matarán, lenta o rápidamente.

Una herencia de fe secreta

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Mi abuelo fue el primer cristiano que conocí, aunque él ni siquiera se lo imaginaba. Los domingos solía decirme que saliera a jugar fuera de casa. No entendía por qué y no quería pero él me obligaba.

Cuando hui a China a causa de la hambruna en Corea del Norte, conocí por primera vez a otros cristianos que me impactaron. Apenas me hablaban del evangelio pero yo participaba en las reuniones de alabanza. Entonces, una noche, soñé con mi abuelo. Lo vi sentado en un círculo con otros hombres, había una Biblia en medio y todos estaban orando.

En mi sueño le gritaba: ¡yo también creo!

Le entregué mi vida a Jesús.

De alguna misteriosa manera, me di cuenta de que venía de una familia cristiana… de Corea del Norte.

Un día en China, iba caminando por la calle cuando un coche negro se detuvo cerca de mí. Pensé que el conductor quería preguntarme alguna dirección pero tanto él como otros hombres salieron del vehículo y me agarraron. Intenté resistirme pero no pude escapar. Me metieron en el coche y en cuanto cerraron la puerta y el coche se iba alejando, me di cuenta de que mi vida había llegado a su fin.

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«Me raparon la cabeza y me trajeron a esta celda».

Después de unas semanas en una celda en China, me entregaron a las autoridades norcoreanas que me trajeron a esta prisión preventiva. Tuve que desnudarme y registraron cada parte de mi cuerpo por si yo había escondido algo, en especial, dinero. Me raparon la cabeza y me trajeron a esta celda.

Me ordenaron que me pusiera distintas prendas de ropa suelta que no me quedaban bien; seguramente fueron de otra prisionera, y de ahí vino mi nombre: el número 42 estaba estampado en mi mono de la prisión.

Era una más de la cadena de “prisioneras 42”. ¿Qué le pasó a la prisionera 42 anterior? ¿Estaba muerta? ¿La habían ejecutado, dejado morir de hambre, golpeado hasta matarla o la habían dejado consumirse como un grifo que se está cerrando?, me preguntaba.

Podría estar viva, pero lo dudaba. Cualquiera que haya oído hablar alguna vez de una prisión norcoreana sabe que el mero hecho de sobrevivir ya es una heroicidad.

Sola pero nunca sola

Estoy tan sola aquí. Sé que hay otras prisioneras pero nunca las veo. Lo único que veo son las sombras de los guardas, y la luz del sol y de la luna conforme se desplazan por la pequeña ventana de mi celda.

Lo único que puedo hacer es orar, orar y cantar en mi corazón. Nunca en voz alta, solo en mi corazón. Canto una canción que compuse mentalmente.

Ya ha pasado un año y no sé por cuánto tiempo sobreviviré. Un día me llamarán y no me moveré, habré muerto aquí, en la oscuridad. Se desharán de mi cuerpo y a la siguiente prisionera que llegue le pondrán mi ropa, y se convertirá en la nueva prisionera 42.

¿Saldrá viva de este infierno? ¿Le darán los mismos golpes que me han dado a mí? ¿Clamará a Dios?

Es el único que parece ver lo que nos pasa aquí.

¿Morirá aquí como yo?


Ir a juicio fue una victoria. La gente a la que envían a los campos de trabajo por “crímenes” políticos (crímenes como seguir a Jesús) nunca es sentenciada por un juez, simplemente desaparecen de la celda. Muchos cristianos van allí, mis constantes negativas dieron su fruto porque no me han declarado culpable de ser cristiana.

En el juicio no tuve ningún abogado que me representase. Estuve de pie delante del juez con los guardas detrás de mí… pero no estaba sola. Mi marido estaba allí también y me miró con los ojos más tristes que había visto nunca. Yo sabía que había estado llorando, quería decirle tantas cosas y sabía que él también quería hablar, pero no pudimos pronunciar ni una sola palabra.

El juez le preguntó si quería divorciarse de mí y él contestó que sí con la voz quebrada.

Me partió el corazón pero tuvo que tomar esta decisión por el bien de nuestra familia, de nuestros hijos. Los hubieran castigado a todos de no haberse divorciado.

Luego me sentenciaron a cuatro años en un campo de reeducación. Es donde estoy ahora.

En el campo trabajo 12 horas al día, a veces más. Cada día es una pesadilla continua pero al menos ya no estoy sola en la celda. Durante todo un año en aislamiento, mi piel no recibió ni un solo rayo de luz, por lo que el mero hecho de que me sacaran fuera de aquella celda y sentir el viento fue maravilloso.

Cuando llegué al campo por primera vez, vi algo amorfo en movimiento. Tardé un momento en darme cuenta de que se trataba de personas. Algunas estaban agachadas, a otras les faltaba un brazo o una pierna. Me miré las extremidades, eran tan finas que parecían cerillas. Mi aspecto no era mejor que el de esos reclusos.


Una iglesia en prisión

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Hace un mes estuve enferma y me permitieron quedarme en el barracón. Creía que estaba sola cuando me fijé en una esquina donde había una manta que se movía. Me quedé mirando y me di cuenta de que debajo había alguien.

Fui de puntillas hasta la manta y escuché atentamente. Los sonidos apenas era audibles pero sonaban familiares. De repente me di cuenta de lo que ocurría: era una mujer y estaba orando. Me volví a mi colchón y me quedé observándola durante muchos días.

Alrededor de una semana después, estábamos trabajando fuera. No había nadie cerca así que me acerqué a ella y le susurré: “hola, saludos en el nombre de Jesús”. Se le puso la cara blanca del susto. Sabía que si nos oían era muy posible que nos disparasen ahí mismo pero al ver que no había nadie alrededor, me devolvió una sonrisa silenciosa.

Creamos una iglesia secreta en el campo de reeducación. Cuando nos reuníamos y nos sentíamos lo suficientemente seguros, orábamos el Padrenuestro y juntas recitábamos las escrituras y el credo de los apóstoles.

Ella es mucho más valiente que yo, también les habla a otros de Cristo. Seguramente por eso un día vinieron en coche a recogerla. Cuando la vi irse, supe que se la llevaban a Kwan-li-so, un campo de exterminio. Esa fue la última vez que la vi.


Aquí estoy en mi barracón. Dios ha estado conmigo cada día, cada hora, cada minuto y cada segundo. Ayer me anunciaron que iban a liberarme. Solo he cumplido dos años. Lo primero que haré cuando salga es buscar a mi marido y a mis hijos. Mis hijos han crecido mucho, hace años que no nos hemos visto.

Pero Dios ha cuidado de mí, no dejó que me rindiera incluso cuando sentía que me estaban extenuando. Al final no resulté ser un simple grifo que se estaba secando: Jesús me dio el agua de vida para ayudarme a continuar cuando parecía que iba a caer. Impidió que me quitara la vida, me ayudó a orar y clamar a Él.

«Oro y creo que también cuida de mis hijos cada segundo de cada minuto, de cada hora de cada día. Tengo que hablarles de este Dios de amor».