"Era una fría tarde de viernes. Estaba en casa, preparándome para jugar con mis amigos, cuando oímos los disparos. Sucedió muy rápido y, antes de que nos diéramos cuenta, Boko Haram se dirigía directamente hacia nosotros en sus motos. Estaba muy asustada. Las lágrimas caían por mi cara mientras corría tan rápido como mis pies podían llevarme. Recuerdo a mi madre gritando: "Ruth, ki yi gudu, ¡corre por tu vida!” No dejaba de mirar hacia atrás para ver en qué dirección corrían mis padres, pero no podía saberlo. Agotada, tuve que dejar de correr y fue entonces cuando me agarraron. Grité y les rogué que me soltaran, pero se limitaron a darme una bofetada y a ordenarme que me callara. Después condujimos durante horas hacia el bosque de Sambisa. Estaba oscuro cuando llegamos. No tenía ni idea de dónde estaba. Todos estábamos asustados. Esa noche lloré hasta quedarme dormida".

Como muchos antes y después de ella, Ruth sufrió grandes atrocidades. "Ese primer año fue un infierno. Estaba en agonía y dolor... Cada día, después de regresar de sus ataques, nos golpeaban y violaban. Todo mi cuerpo estaba cubierto de llagas y me quedé muy delgada porque no nos daban suficiente comida. Nos dijeron que renunciáramos a Cristo y nos hiciéramos musulmanas si queríamos ser más libres en el campo. Me negué a renegar de Cristo y seguí llorando y pidiendo a Dios que me rescatara".

Con cada momento de tormento, la duda se iba acercando, y la presión para convertirse al islam era más extrema cada día que pasaba. "Veía cómo las jóvenes e incluso las mujeres mayores denunciaban a Cristo. Después de un año de penurias, sentí que Dios guardaba silencio... Me parecía que ya no me amaba y que por eso me dejaba allí para sufrir. Decidí aceptar el islam con la esperanza de que las cosas mejoraran".

Efectivamente, la situación de Ruth "mejoró" rápidamente. La casaron de inmediato y de repente tuvo una habitación para dormir sola, a diferencia de las demás, que estaban todas hacinadas en un gran espacio. "Mi decisión me quitó parte de mi sufrimiento físico, pero seguía siendo miserable. Cuando nos llevaban al salat (oraciones), recitaba el Salmo 23 en mi corazón. Todavía quería creer que Jesús, era mi buen Pastor".

"Al cabo de un año, me quedé embarazada y di a luz a un niño, Samaila. Me resultó difícil amar a este niño; odiaba a su padre y a mi nueva religión".

Los días se convirtieron en semanas, las semanas en meses y los meses en años, pero nadie vino a rescatar a Ruth. Eso no significa que dejara de buscar una salida. "Cada vez que lavaba la ropa en el arroyo, intentaba encontrar una forma de escapar".

Su oportunidad llegó una soleada tarde de miércoles en la que los hombres habían abandonado el campamento, posiblemente para realizar ataques, y dejaron a las mujeres y a los niños sin vigilancia. "Ese día de 2017 Dios me mostró un camino y me dio el valor para correr. Me puse a Samaila a la espalda y hui. No miré atrás".

Ruth corrió tan rápido como pudo, sin importar que estaba embarazada de dos meses y que tenía un peso extra en su espalda. A última hora de la tarde llegó a un puesto de control militar. Tras interrogarla, los soldados le dieron un lugar para dormir y finalmente ayudaron a Ruth a reunirse con su familia.

De camino al encuentro con su familia, Ruth tenía sentimientos encontrados. No sabía quién estaría allí para recibirla. La última vez que vio a su familia, todos corrían para salvar sus vidas... ¿Los recibirían a ella y a sus hijos?

Algunas chicas me vieron y empezaron a gritar: "¡Ruth ha vuelto! Ruth ha vuelto". Cuando vi a mi hermana y a mi hermano, se me saltaron las lágrimas de alegría. Cuando llegué a casa, mi madre estaba eufórica. No paraba de cantar: "Dios está vivo, ayer, hoy y siempre". Nos abrazó a mí y a mi hijo y lloramos todos juntos".

Boko Haram ha arrebatado a cientos, posiblemente miles, de niñas, mujeres, niños y hombres de sus hogares en el noreste de Nigeria, el norte de Camerún y las zonas del sur de Níger y Chad en un intento de convertir a la gente por la fuerza y controlar sus vidas. Y una vez que consiguen la libertad, estos supervivientes suelen estar aislados y se les deja vivir una vida de vergüenza y traumas no resueltos.

Aunque nunca sepamos sus nombres, nunca olvidaremos su difícil situación.