Cumplimos ya tres semanas de reclusión en nuestras casas, tres semanas en las que día a día y continuamente oímos como las consecuencias de esta pandemia se está cebando con nuestra sociedad. Además de la preocupación por nuestra propia salud y la de nuestros familiares, amigos y conocidos, tenemos que añadir el deterioro que la economía de este país esta sufriendo a pasos agigantados. En situaciones como estas, es muy posible que cada noticia y cada nueva preocupación junto con la incertidumbre que eso nos genera, sean como pequeñas pesas que se adhieren a nosotros cada día y nos hacen cada vez más difícil el caminar con la actitud adecuada.

Ante todo esto, ¿Hacia dónde mirar? ¿Cuál es la Palabra de Dios para nosotros en situaciones como las que atravesamos?

Sin duda alguna, Dios no ha dejado sin respuesta a su pueblo. Él nos ha dado el maravilloso testimonio de hombres que a lo largo del panorama bíblico han dejado el rumbo trazado y han establecido los patrones sobre los cuales todos nosotros podemos descansar. Uno de ellos era el apóstol Pablo. Él era una persona habituada a atravesar circunstancias difíciles a causa de su servicio al Señor. Él fue apedreado, azotado, encarcelado, vivió naufragios, sufrió traiciones, emboscadas y conspiraciones contra su vida.

Pablo era un hombre que entendía completamente que nadie estaba capacitado para soportar el fuego de la prueba cuando esta llegaba. No, a menos que la gloria de la luz de Cristo habite en uno. A menos que el tesoro de la gracia y la salvación otorgada brille en los momentos de mayor oscuridad. Y es que, hay una realidad para todos aquellos que hemos decidido dedicarnos en servicio al Señor: la debilidad del cuerpo y de las emociones puede ser puesta de manifiesto en cualquier momento a causa de las circunstancias sobrevenidas. Sin embargo, cuando todo el mundo caería en desesperación, cuando nadie vería esperanza o un motivo para levantarse, es ahí cuando el verdadero poder de Dios surge presto para sus hijos, levantándonos y haciendo que la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos. Es justo ahí, cuando el magnífico tesoro del Espíritu Santo en nosotros nos hace recordar que, si nuestros frágiles vasos de barro están firmes y en pie, es únicamente por Él.

¿Acaso podemos ser perseguidos sin caer en el desamparo o estar derribados sin llegar a ser destruidos? ¿Quién podría dar una respuesta a una pregunta cómo esa?

Gracias al servicio de Puertas Abiertas, puedo leer sobre aquellos que día a día dejan que la luz del tesoro de Cristo en sus corazones ponga de manifiesto el poder de Dios cuando las fuerzas humanas se acaban. Cuando quizá otros tirarían la toalla por sus ideales o creencias, la iglesia perseguida nos deja de nuevo el testimonio vivo sobre la realidad de ese poder:

Qui, una cristiana de Vietnam que fue golpeada y expulsada de su casa por su marido debido a su negativa a renunciar a su fe en Jesús, acude rigurosamente todos los domingos a la iglesia a pesar de la prohibición de él. Qui ha elegido perseverar en su fe y continuar atestiguando una verdad inquebrantable:

“Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros, que estamos atribulados en todo, mas no angustiados; en apuros, mas no desesperados; perseguidos, mas no desamparados; derribados, pero no destruidos” 2ªCor.4

Aprendamos en estos momentos difíciles, de soledad, aislamiento e incertidumbre la enseñanza que la Palabra de Dios hace reflejar en la iglesia perseguida. Aprendamos que en medio de nuestra vulnerabilidad la voz de Dios resonará con fuerza en nuestros corazones y nos sostendrá por medio de su poder y sea que nos encontremos en apuros o en tribulaciones, podamos darnos cuenta de que aún seguimos en pie, en ningún modo angustiados, en ningún modo desesperados.

Sergio Moro