Increíblemente, este ejercicio de sufrimiento y aprendizaje tarde o temprano dará a luz un maravilloso resultado: El perfeccionamiento. Somos perfeccionados en la medida que somos obedientes al mandato divino para cada una de nuestras vidas, sin importar cuanto padecimiento este nos demande. A nuestro Señor Jesucristo, su obediencia al Padre y al plan de salvación diseñado desde antes de la fundación del mundo, le demandó todo cuanto era y cuanto tenía. Se despojó de su gloria junto al Padre, se hizo hombre y no solo esto, sino que vivió una vida totalmente entregada a la misión eterna. Vivió una vida con un único fin: Entregarla mediante dolores indecibles hasta la muerte. Jesucristo padeció, obedeció y fue perfeccionado.

Pero ¿Perfeccionado para qué? Y es en este punto donde toda obediencia a la voluntad de Dios aprendida a través de los padecimientos cobra el verdadero significado: El ser perfeccionados en la voluntad de Dios, nos hace instrumentos verdaderamente preparados para cumplir el propósito de Dios en nuestras vidas. Para nuestro Señor, el perfeccionamiento le llevó a cumplir de manera completa la voluntad del Padre: Ser el autor de la eterna salvación.

Hoy leía sobre la situación de una joven cristiana de Sudán llamada Salma. Hace unos pocos meses esta joven criada en una familia y entorno musulmán, tras comenzar sus estudios universitarios, recibió el mensaje del evangelio por parte de algunos de sus compañeros y decidió entregar su vida a Cristo. Como consecuencia de su participación en un grupo de lectura bíblica, su padrastro encontró en su teléfono móvil algunos de los materiales de su estudio cristiano. Desgraciadamente, él y otros miembros de su familia le dieron una paliza y la encerraron, pero gracias a Dios, Salma pudo huir y finalmente encontrar refugio en una familia cristiana donde permanece hasta ahora.

En lugar de renunciar y evitar el dolor que conlleva seguir a Jesús, Salma optó por el sufrimiento, optó por padecer para que el propósito de Dios se cumpliera en su vida a través de su obediencia a la Palabra de Dios. Nuestra joven hermana de 19 años eligió el camino que algún día le hará dar fruto para el Reino de Dios. Eligió ser perfeccionada en la voluntad de Dios.

Y nosotros ¿Rendiremos nuestro criterio para que la voluntad de Dios pueda avanzar, o rehusaremos el padecer, dejando de ser obedientes?

“Y aunque era Hijo, por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen.” Heb. 5:8-9