Existe una evidente relación entre ser una antorcha que ilumina en medio de la oscuridad predicando el mensaje de arrepentimiento y salvación, y convertirse en el blanco y objetivo de las personas que, deslumbradas por la realidad de su pecado, no desean ser perturbadas en ninguna manera sobre sus malas acciones.

Esas palabras de Cristo nos muestran que llegará un momento crucial en la vida de cada creyente en el cual, esta realidad se convertirá en una necesidad urgente e insalvable. Y esto sucederá cuando proclamemos (a veces con palabras, a veces con hechos) que Cristo vive en nosotros y que ya nada tenemos que ver con la deriva que el mundo y la sociedad ha elegido.

Ese será el momento en el que tendremos que subir a nuestras azoteas y gritar que el Reino de los Cielos se ha acercado y es hora de arrepentirse.

Y de seguro, también será el momento en el que las fuerzas oscuras y hostiles a la verdad de Dios se levantarán para tratar de sofocar un fuego que amenaza con encender todo a su alrededor.

A pesar de esta verdad sobre la confrontación espiritual en la que nos encontramos, o al menos deberíamos encontrarnos, Jesús también nos entregó una tranquilizadora promesa basada en la percepción espiritual y celestial de todas las cosas que nos rodean, incluidas las eventuales situaciones de amenaza y peligro a causa del compromiso adquirido con la verdad.

Para aquellos que tienen puesta su mirada en las cosas terrenales y pasajeras, morir por esta causa no puede ser de ninguna manera admitido ni consentido y continuarán presos del miedo a la pérdida de un tesoro que tiene fecha de caducidad, quizá el estatus, el reconocimiento, las riquezas o su propia vida. Pero para aquellos que han renunciado a los deseos del mundo y a la vanagloria de la vida, contar con el mensaje de paz y sosiego que Cristo nos ha dejado para los momentos de persecución y sufrimiento, es todo un bálsamo restaurador.

«No temáis a los que matan el cuerpo, más el alma no pueden matar».

Como discípulos de Cristo, esta debe ser nuestra única manera de afrontar la oposición del mundo a nuestra fe y testimonio. Saber y reconocer, que el daño que podemos sufrir es ciertamente limitado, pero la gloria y recompensa tras ello, es eterna e incorruptible.

En esa misma gloria se encuentran ya cuatro de nuestros hermanos de Sulawesi (Indonesia) que el pasado 11 de mayo fueron decapitados por extremistas islámicos y como ellos, muchos otros de nuestros hermanos en el mundo que han sido fieles a su compromiso con la verdad, la luz y el Evangelio.

Pero respecto a nosotros, cristianos occidentales del siglo XXI, ¿estaremos dispuestos a subir a la azotea para proclamar la verdad del Evangelio en nuestras vidas?