¿Has valorado el impacto que puede tener una ferviente oración de misericordia sobre alguien que lo necesita?

No hay ninguna oración realizada con honestidad, fe y confianza en la segura respuesta de Dios, que sea jamás olvidada por Él. Recordemos lo que el libro de Apocalipsis en su capítulo 8 nos deja ver sobre esto:

“Se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro que estaba delante del trono. Y de la mano del ángel subió a la presencia de Dios el humo del incienso con las oraciones de los santos.”

Todas las plegarias, peticiones, acciones de gracias o incluso el más desgarrador clamor realizado por sus santos están de continuo delante de la presencia de Dios. Además de esto, podemos tener la certeza que todas ellas serán atendidas y respondidas. Quizá no siempre de la manera que esperamos a nuestro modo de entender las cosas, pero seguro que lo serán en la manera que Dios haya preparado para ellas.

El afán por elevar a Dios una petición agradable en semejanza al incienso que se expande y envuelve con su aroma a todos los que entran en contacto con él, está siempre en el corazón de nuestros hermanos perseguidos. Podemos ver esta realidad de manera muy clara en nuestro hermano Suad, un creyente de la península arábiga. El mismo nos relata sus vivencias sobre este principio respecto la oración:

“Mi nombre es Suad. Soy del sur de la Península Arábiga, donde se encuentra la histórica Ruta del Incienso. Este sendero se extendía desde las montañas de Dofar en Omán, a través de Yemen y el vasto desierto del Reino de Arabia Saudita, antes de finalmente llegar a Jerusalén.

Aún hoy usamos incienso en nuestros hogares del sur de la Península Arábiga. Una de nuestras costumbres es quemar este incienso en la casa antes de que nuestros vecinos y amigos vengan a visitarnos.”

Suad continúa con su testimonio: “Ahora que sigo a Cristo, he descubierto las Escrituras que describen la oración como incienso, por ejemplo el Salmo 141:2: "Que mi oración sea puesta delante de ti como incienso, el alzamiento de mis manos como el sacrificio del atardecer". Cuando leo las Escrituras de esta manera, entiendo que la oración debe ser algo que impregne mi casa como el incienso que quemo, que incluso sale a la calle. Puede que mis vecinos no me vean quemar el incienso, pero la fragancia les llega a menudo y los que entran en mi casa se marchan con la fragancia encima.

En estos días, tengo una nueva costumbre. Cuando sé que tengo visitas, empiezo a quemar el incienso en la habitación donde me sentaré con ellos; también pido a Dios por ellos. Oro para que sus corazones estén abiertos.

Oro así: "Señor, lléname con tu Espíritu Santo. Señor, toca sus corazones mientras escuchan Tu Palabra. Señor, dales oídos para oír y ojos para ver"”

Como nuestro hermano Suad, seamos pacientes y recordemos siempre que ese incienso que son nuestras oraciones, cuando son realizadas con fe, tendrán siempre la atención y respuesta por parte de Dios. Y no solo esto, sino que otros podrán también ser bendecidos y alcanzados por ella, de la misma manera que el agradable incienso lo hace.