Ser un misionero evangélico en algunas zonas de México es ciertamente un desafío único. Los pastores, misioneros y las iglesias tienen más presente que nunca las palabras de los apóstoles en el libro de los Hechos mencionadas a los principales judíos, cuando estos les intimidaron para que dejaran de predicar el mensaje de Jesucristo: “Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.” Y aunque esto es una verdad inmutable, el sufrimiento y las consecuencias de esa decisión, son acarreadas por aquellos mismos que la sostienen en forma de persecución.

Esta es la historia del pastor Genaro, se mudó junto a su familia a una comunidad en la cordillera de Guerrero en el suroeste de México hace dos años. Dejó todo lo que tenía en Acapulco, su ciudad natal, un puerto en la costa del Pacífico, y seguir el llamado de Dios para comenzar una misión en su nuevo destino.

Solo pasaron unos pocos meses desde su llegada a Guerrero cuando el Pastor Genaro comenzó a darse cuenta del control que ejercía el crimen organizado en las comunidades de esta región. El estado de Guerrero es el principal productor de opio en México y uno de los lugares más peligrosos del país debido al negocio del narcotráfico.

La mayoría de las veces, los carteles de la droga organizan enfrentamientos armados en su lucha por el control del territorio para llevar a cabo sus actividades criminales. Reclutan a la fuerza a jóvenes para trabajar en sus campos de opio o unirse a las filas de sus organizaciones criminales.

Varios jóvenes que anteriormente habían trabajado para los carteles habían decidido darles la espalda a estas organizaciones y habían dejado de beber y tomar drogas después de haber asistido a varios de los servicios del pastor Genaro.

Poco tiempo después, el pastor Genaro recibió una amenaza directa de los narcotraficantes que se mueven en la zona. No les gustaban sus sermones sobre valores morales, religiosos y espirituales.

Un día, mientras caminaba de regreso a su casa, un automóvil se detuvo a un lado de la carretera, y varios hombres lo señalaron con un dedo de manera amenazante sin decir una palabra. Genaro pensó que iban a matarlo allí mismo. Esta amenaza fue la primera de muchas otras que estarían por venir.

Un miembro de su congregación le recomendó irse o arriesgarse a ser extorsionado, secuestrado o incluso asesinado. “Era solo cuestión de tiempo”, dijo.

Genaro oró sobre qué debía hacer. No quería irse; no quería que su gente en la iglesia lo considerara un cobarde. "Si Dios quiere que nos vayamos de este lugar, nos ayudará", le dijo a su familia.

El pastor recibió la confirmación de que estaba esperando al día siguiente cuando alguien de su congregación ofreció prestarle su furgoneta para mover todas las pertenencias de la familia. Se fueron el mismo día a otro lugar en el mismo estado de Guerrero.

"Cuanto más te acercas a lo que las personas en esas áreas llaman 'puntos calientes', la vida se vuelve mucho más difícil. Arriesgas tu vida y la de tus seres queridos. Mientras estuve allí, escuché tantas historias tristes, de un pastor que se sintió obligado a abandonar su fe, abandonar su Biblia y tomar las armas", Nos decía el pastor Genaro.

Esta dura realidad es el resultado del compromiso y la obediencia al llamado de Dios que nuestros hermanos nos enseñan. Es nuestro deber conocer sobre ellos y poder fortalecerles con nuestra oración y que siempre puedan recordar, que a pesar de las consecuencias, es mejor obedecer a Dios que a los hombres.