Sin duda alguna, estamos entrando en un escenario de consecuencias desconocidas para la economía de las empresas y de las familias. Un escenario que arroja una preocupación añadida a nuestras vidas, un escenario que puede hacernos caer en el temor de perder nuestros empleos, de tener que paralizar nuestros negocios o de ver reducidos nuestros ingresos. Es en estos momentos donde necesitamos más que nunca mirar hacia la Palabra de Dios y recordar sus promesas ante situaciones de adversidad.

El rey David era una persona de dilatada experiencia y largo reinado, conocedor de múltiples situaciones por las que un ser humano puede atravesar: Conocía muy bien la soledad, el miedo, la frustración e incluso la escasez, pero también había visto como la mano del Dios a quien servía, había suplido y cubierto todas sus necesidades.

El cuidado y sustento de Dios fue experimentado y comprobado por el rey David en muchas ocasiones, pero aún hoy es vivido también por muchos hijos de Dios que están atravesando situaciones de verdadera necesidad, y no solo a causa de un virus, sino a causa de aquellos que les persiguen, queman sus campos y destruyen sus casas, como nuestra hermana Rikiya de Nigeria, una viuda que lo perdió todo por un ataque de Boko Haram en su aldea. Aunque pudo salvar su vida, ella misma nos dice: “No teníamos nada, excepto la ropa que llevábamos puesta”.

Este sustento divino, fue el que llegó hasta las manos de Rikiya en forma de ayuda financiera por parte de Puertas Abiertas, para comprar dos cabras y de esa manera, tener un método de sustento y desarrollo económico.

Las promesas de Dios siguen vigentes, no importan ni las circunstancias ni el lugar donde estas sean reclamadas. Recuérdalo, aunque la economía de nuestro país esté detenida, Dios no nos desamparará, Él llegará a tiempo para suplir nuestra necesidad y un día podremos mirar al pasado y hacer nuestras las mismas palabras que el rey David dijo:

“Joven fui, y he envejecido y no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan.”

Sergio Moro