¿Acaso deberíamos mostrar siempre una cara amable, llena de aparente victoria aun cuando la realidad es que estamos atravesando un mal momento? No vemos triunfalismo en las palabras del apóstol Pablo cuando le dice a los corintios: “Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros, que estamos… en apuros, mas no desesperados” 2ªCor.4:7,9.

Lo que sí vemos es un conocimiento de la realidad por la que los seguidores del Maestro transitarán: Habrá momentos de debilidad, de apuro, de tribulación e incluso de persecución, pero en medio de todo ello, el poder de su presencia en nosotros y el tesoro del Espíritu Santo que albergamos en nuestros corazones nos mantendrá siempre a flote. Siempre que permanezcamos en Él. Afirmar lo contrario, tratar de esconder nuestros momentos más oscuros y pensar que no estamos hechos para los días difíciles, sería entonces asumir también la ausencia del poder de Dios que nos sostiene en nuestra debilidad. Sería asumir que su mano nunca tendrá que sostenernos para no caer en la desesperación, porque somos lo suficientemente autónomos y estables como para necesitarle.

Ejemplo de ese poder que nos mantiene lejos de la desesperación es Savang, un hermano en Cristo que creció en un pueblo animista de Laos. Ya siendo adolescente se entrenó para convertirse en chamán. Pero cuando un amigo compartió el evangelio con él, decidió seguir a Jesús y dejar atrás sus creencias animistas. Tiempo después empezó una iglesia en su casa, pero fue repetidamente acosado y amenazado por las autoridades que finalmente le encarcelaron.

“Me metieron en una celda oscura y húmeda. Me pusieron cadenas de hierro en ambas piernas que pesarían cinco kilos cada una. Tuve mucho dolor porque nunca había experimentado algo así. La celda en la que estaba encerrado tenía un tamaño de tres por cuatro metros y había otros 18 prisioneros dentro." Relata Savang.

"No me arrepiento de tener mi fe en Jesús, incluso hasta la muerte. No perdí la paciencia porque siempre pensé en Jesús y en su sufrimiento en la cruz. No quiero recordar mi situación en la prisión, pero sé que Dios me estaba enseñando algo. Siento su paz cuando pienso en Él”

Las condiciones en la celda eran sucias, y el constante fumar de otros prisioneros en ese pequeño espacio llevó a Savang a contraer una enfermedad pulmonar. Pero a pesar de todo esto, Savang mantuvo sus ojos en Jesús y nunca lo dejó caer en la desesperación.

Dejemos que el poder de Dios se manifieste en nuestra debilidad, y veamos como somos salvados de la desesperación cuando atravesemos situaciones de apuro.