El pueblo tiene que enfrentar una dura prueba no conocida hasta el momento. Una batalla contra un pueblo enemigo que amenaza su propia supervivencia, una agresión de personas que no desean su liberación de la esclavitud ni su avance hacia ninguna tierra.

La oposición de Amalec representa en gran medida todas aquellas fuerzas que pretenden detener u obstaculizar el avance del pueblo de Dios hacia el cumplimiento del propósito que Él les ha encomendado.

Aunque si atendemos al texto bíblico en Éxodo 17:16, pronto nos daremos cuanta de la ventaja de Israel en esta situación comprometida: Amalec ignoraba que su oposición no era contra una nación o un pueblo, sino contra el mismo Dios.

«Por cuanto la mano de Amalec se levantó contra el trono de Jehová, Jehová tendrá guerra con Amalec de generación en generación.» Ex. 17:16

Muchos de los que se oponen al modo de vida de los seguidores de Cristo, lo hacen sin saber el verdadero rival que han escogido. Persiguen y agreden en realidad al mismo trono de Dios y su poder.

Y aunque esto es radicalmente cierto, esta historia nos enseña que hay más elementos envueltos en el ámbito de la batalla espiritual y por la fe de los hijos de Dios: la acción de Moisés, Ur y Aarón. Sabemos que cuando Moisés alzaba su mano, en señal de intercesión por la victoria de su pueblo, este prevalecía contra su enemigo, pero cuando sus brazos se cansaban, sucedía exactamente lo contrario.

Y por razones que quizá no lleguemos a comprender completamente, Dios ha decidido desde tiempos inmemorables relacionar su respuesta y acción en la tierra con la oración, el clamor y la fe de su pueblo.

Nos equivocamos cuando pensamos que todo lo que tiene que suceder, sucederá sin más, pues ya se encuentra previsto. ¿Acaso vencería Israel en la batalla sin la acción intercesora de Moisés, Ur y Aarón? No. Israel necesitaba tanto la espada de Josué como los brazos alzados de Moisés.

Aun hoy, después de tantos siglos, este mismo designio se refleja en el pueblo de Dios que permanece luchando encarnizadamente contra las fuerzas del mal. En la noche del 4 de agosto de 2020, un hombre enmascarado y vestido de negro entró en la pequeña tienda de Bakhit Aziz Georgi, un cristiano egipcio de 68 años, secuestrándolo a punta de pistola y vendándole los ojos, situación que se mantendría durante los 13 días siguientes.

«Muchas veces pedí a Dios que se apiadara de mí y me rescatara de este tormento y dolor. Cuando oraba, me sentía reconfortado. También sentí las oraciones de los demás. Sabía que mi familia, los miembros de mi iglesia y muchos cristianos estaban orando por mí », relata.

Finalmente, Bakhit fue liberado por sus captores sin un motivo aparente, él concluye diciendo: «La oración hacen milagros, cuando oramos juntos, sentimos que Dios está con nosotros, nos guarda, y sentimos paz. Muchas gracias por estar con nosotros, por vuestra preocupación y por sus fieles oraciones por nosotros. Las apreciamos mucho. Que Dios os bendiga a todos

El pueblo de Dios sigue necesitando enfrentar todos los retos que le rodean a través de la oración, una oración que es consciente que puede cambiar y revertir el sentido de la batalla, una oración que puede blindar la fe del que se encuentra en apuros, una oración que puede marcar la diferencia entre la vida y la muerte.