Y es que, después de haberse mostrado al Padre como la ofrenda de primicia, solo queda que tras de sí, todos sus hermanos, como resultado de la divina cosecha lleguen hasta el cumplimiento de las buenas noticias de salvación de Dios para con los hombres.

Ahora, ya no importa la nacionalidad, lengua, origen o condición. Ahora, el mensaje del evangelio está abierto para todo aquel que esté dispuesto a creer. Todos son bienvenidos:

“¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido? Partos, medos, elamitas… cretenses y árabes, les oímos hablar en nuestras lenguas las maravillas de Dios.” Hch.2:8-11

Hoy día podemos ver como esa cosecha guiada por la mano de Dios a través de su Iglesia, está llegando y ha llegado hasta lo último de la Tierra.

Hoy día podemos ver como a causa de la fe en el Salvador, en muchos de esos lugares recónditos, nuestros hermanos por todo el mundo permanecen firmes siendo la cosecha de nuestro Señor, pero también siendo los segadores del Reino de los cielos.

Es su entrega y pasión por compartir el amor de Dios lo que hace que este pueda llegar hasta toda lengua y nación. No importa si esto les conlleva el padecimiento, la persecución, el destierro, la cárcel o incluso la muerte. Ellos seguirán siendo una vez más cosecha de Dios y a la vez segadores. Segadores comprometidos con la encomienda recibida: “Id y haced discípulos a todas las naciones…”

Y nosotros, ¿Estamos dispuestos a que Pentecostés siga obrando en nuestros corazones? ¿Llevaremos la buena noticia hasta toda criatura?

Es el momento de recordar que tanto nuestros hermanos perseguidos como nosotros seguimos compartiendo la misma misión: Que toda lengua y nación puedan conocer al Salvador de las almas.