Nuestra oración y petición debería superar aquello que creemos que Dios podría hacer. Él nos da la libertad para pedir lo que deseamos gracias a nuestra posición en Cristo. Esto nos hace sentir, pensar y discernir de manera responsable lo que es cabal o no para nosotros.

¿Pides de manera que honras al que tiene el poder de otorgar lo que necesitas? ¿Pides sabiendo lo que es aceptable delante de su presencia?

Existe un relato sobre un famoso filósofo de la corte de Alejando Magno que vivía en la más extrema pobreza. Un día, el filósofo necesitó de los recursos del rey y no dudó en pedírselos. Alejandro sin pensárselo dio la orden al tesorero que se le diese todo lo que el filósofo necesitara.

Para sorpresa del tesorero, el sabio le pidió la loca cantidad de diez mil libras, petición que fue rechazada y llevada de nuevo al soberano con la acusación al filósofo sobre el intento de desvalijar las arcas del reino. Alejandro pensó en la situación que se le planteaba y sentenció de la siguiente manera: «Entréguenle ese dinero inmediatamente. Él me ha hecho un honor muy singular: por la grandeza de su petición ha demostrado la idea tan elevada de mi riqueza y poder».

Y es esta grandeza de miras en la atención y la respuesta de nuestro Dios, la que debería inspirarnos en nuestra oración. De hecho, inspira cada día la oración de aquellos de nuestros hermanos que se encuentran en serias dificultades. Este es el caso de nuestra hermana en India, Kusum. Ella pidió que quienes la perseguían, fueran salvos en Cristo. ¿Orarías de esa manera en una situación semejante?

La culparon de la muerte de su esposo y se le impidió enterrar a su propio hijo. Todo esto debido a su fe en Cristo. Kusum enfrentó constantes ataques e insultos por parte de sus vecinos y sus suegros y aunque muchos todavía la rechazan debido a su fe, ella sigue compartiéndoles el Jesús de amor y orando por su salvación.

Kusum nos cuenta sobre su victoria en la oración: «Mis suegros antes me perseguían, pero ahora creen en Cristo. Muchas veces venían a mi casa para matarme. Siempre solía orar por ellos. El Señor escuchó mi oración, y ahora ellos se han vuelto creyentes. Todos están viniendo a la fe excepto mi suegro, a pesar de que él también ha estado aprendiendo acerca de la fe cristiana. Incluso ahora me pide que ore por él».

De nuevo, ¿honraremos en nuestra oración y petición a aquel que es capaz de otorgarnos más allá de los que pedimos o entendemos?

¿Estaremos dispuestos a usar las llaves de la fe y la oración para abrir las puertas de los tesoros divinos?

«Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá» Lc. 11:9