Anna tiene alrededor de 50 años. Su aspecto es delgado y vigoroso, como el de alguien que pasa sus días trabajando en el campo.

A su alrededor la actividad no cesa, con gente descargando pesados sacos de alimentos en un campo de desplazados internos, en Nigeria central.

Al igual que otros miles que también han sido acogidos en este campo, el pueblo de Anna fue atacado por los fulani, pastores de religión musulmana. “Estoy aquí… por los problemas que hemos tenido… Los Fulani nos persiguieron y tuvimos que huir dejando atrás nuestros hogares. Nos hicieron la vida imposible. Por eso huimos”.

En febrero del pasado año, los fulani asesinaron a cerca de 30 personas y quemaron varias casas durante un ataque a la aldea de Anna. Anna y sus hijos tuvieron que huir con unos familiares que les ofrecieron refugio, pero no alimento, ya que apenas les llegaba para ellos mismos con lo poco con lo que contaban.

Desde que comenzó la pandemia del Covid-19, los gobiernos locales han hecho entrega de ayudas. Sin embargo, a las comunidades cristianas rara vez les son notificadas dichas entregas o, si lo les son notificadas a tiempo, resultan ininteligibles.

Antes de que los colaboradores de Puertas Abiertas llegasen con ayudas, Anna y sus hijos estaban desesperados por encontrar alimento. “Hay mucho que comer en el bosque, pero es difícil de conseguir. Algunas cosas tienen un sabor muy amargo. Tenemos que cocinarlas entre 3 y 4 horas para poder comerlas con seguridad. Una la cocinamos como una batata… y después nos la comemos”, dice Anna con total naturalidad encogiéndose de hombros.

Pero ahora, durante la estación de lluvias, solamente recogemos hojas…”.

El año pasado, las iglesias locales ayudaron a Puertas Abiertas a identificar las necesidades de las comunidades cristianas en Nigeria para que pudiesen recibir ayudas. Era una larga lista y los colaboradores de Puertas Abiertas acabaron entregando ayuda urgente para el Covid-19 a más de 10.000 familias en Nigeria en riesgo de padecer inanición, incluida Anna y sus hijos.

Jamás lo imaginé”, dice Anna acerca de la ayuda que ha recibido. “Tengo un saco de maíz, un saco de arroz, un saco de alubias y dinero”.

En el campo de desplazados, dos hombres ayudan a Anna a transportar la comida en sus motocicletas de vuelta a la casa de sus familiares donde todavía vive con sus hijos.

Fuera, en el patio, Anna hace fuego para hervir agua en una gran olla de hierro. Pronto, esta olla contendrá nutritivas alubias en vez de amargas y, posiblemente, venenosas bayas y raíces del bosque. Mientras espera que el agua rompa a hervir, Anna limpia las alubias al ritmo de una canción.

Canto esta canción porque pasábamos hambre. Pero Dios envió a Sus Hijos. Vosotros nos habéis traído comida… ahora puedo alimentar a mis hijos, por eso estoy tan feliz. Que Dios os bendiga. Es lo que dice mi canción”.

Estoy muy agradecida a Puertas Abiertas. Que Dios os bendiga. Gracias, muchas gracias.”

Desde que comenzó la pandemia, hemos entrevistado a numerosos cristianos en toda la región y en todos los casos nos han contado lo inmensamente agradecidos que están a las ayudas y sacrificio de toda la gente que nos apoya en estos tiempos de incertidumbre. Nos recuerdan que en sus oraciones también están presentes nuestros colaboradores”.

Que Dios os bendiga por ese dinero con el que nos habéis ayudado, y estad seguros de que lo que habéis dado os será devuelto multiplicado por dos. Gracias y que seáis recompensados por Dios”.