En la última parte del libro de los Hechos se nos relata el momento quizá más delicado en la vida misionera del apóstol Pablo. Este se enfrenta a un viaje hacia Roma como prisionero, causado por la dureza de corazón y resistencia de los judíos en Jerusalén que son completamente incapaces de comparecer ante la transformación de un hombre que era capaz de perseguir hasta la muerte a los cristianos, pero ahora está dispuesto a dar su vida por Jesús.

En medio de este viaje y envueltos en una terrible tempestad, toda esperanza de la tripulación por recuperar el control de la nave se desvanece. La vida de doscientos setenta y seis hombres de los que estaban a bordo parecía llegar a su fin. Pero nada más lejos de la realidad, en esa embarcación se encontraba el apóstol Pablo y tenía una misión aún que cumplir. Dios no iba a permitir la destrucción del barco donde se encontraba su emisario. Es más, en una situación tan terrible, Dios iba a ser glorificado a través de la confianza de su siervo.

Y de la misma manera que sucedió en aquel barco, sucede hoy a lo largo y ancho del mundo. Dios siempre preservará a sus lámparas y las tendrá preparadas para alumbrar en medio de la oscuridad. Por eso, por muy complicada que parezca la situación, aquellos que guardan el testimonio de la Palabra de Dios en sus vidas y esperan en sus promesas, saldrán a flote y no solo ellos, sino también aquellos que están a su alrededor.

De la misma manera que el apóstol, todos nosotros somos llamados a ser esos faros de esperanza en medio de la tormenta que arrecia sobre una sociedad que se dirige a la más absoluta deriva. Quizá parezca que el mismo triste destino está preparado para nosotros, pero de ninguna manera será así. Tal y como el ángel de Dios apareció a Pablo y le fortaleció para erigirse en el verdadero timón de aquella nave, todos nosotros, discípulos de Cristo hemos sido llamados con el mismo propósito a recordar sus promesas, las cuales nos permiten vivir con una verdadera esperanza para además, ofrecérsela también a aquellos que se encuentran envueltos en la tempestad.

De la misma manera que el apóstol, los cristianos que cada día enfrentan persecución, discriminación y desprecio a causa de la fe, serán puestos como los verdaderos guías de sus respectivas naves en sus particulares tormentas, y aquellos mismos que les aprisionan y maltratan, tendrán que reconocer la gracia y el favor del verdadero Dios sobre ellos.

De la misma manera que el apóstol escuchó las reconfortantes palabras del enviado divino que le dijo: «Pablo, no temas… he aquí, Dios te ha concedido todos los que navegan contigo», sucederá con cada uno de los seguidores de Cristo que se hallen en medio de la conmoción de una comunidad o una familia para convertirse en las personas claves que aporten luz en medio de la incertidumbre, consuelo en medio del dolor y sanidad en medio de la enfermedad. ¿Serás tú el faro que la tempestad de tu alrededor necesita?