Ante estas situaciones tan injustas y una actuación tan inhumana y cobarde por parte de los agresores, podemos preguntarnos ¿Qué respuesta deberíamos dar como cristianos? ¿Qué actitud deberíamos tomar ante tal perversión del derecho y la justicia? Estoy seguro de que muchos responderían con una llamada a las armas, a responder al mal con violencia. En otras palabras, tratar de apagar el fuego con gasolina.

Aunque existan multitud de opciones para responder al malvado sufrimiento ocasionado, nos encontramos con un Dios que, a pesar de las acusaciones de muchos ignorantes, se conduele del sufrimiento de los oprimidos y de ninguna manera tendrá por inocente al culpable.

Un texto bíblico que arroja bastante claridad sobre este asunto, entre muchos otros, es el que podemos encontrar en Eclesiastes 5:8, donde el predicador nos insta a mantener la calma y considerar que nada se escapa a la mirada justa de nuestro Señor: “Si opresión de pobres y perversión de derecho y de justicia vieres en la provincia, no te maravilles de ello; porque sobre el alto vigila otro más alto, y uno más alto está sobre ellos.”

Sinceramente creo que, esta verdad sobre la mirada vigilante y lista para hacer justicia de Dios sobre las realidades de opresión y perversión que se ejerce sobre los desvalidos, por parte de nuestro Dios, es la que ayuda a sostenerse en pie a tantas hermanas en Cristo que tienen que vivir situaciones de violencia sexual. Sumado a esto, la certeza del cuidado y el consuelo divino es la que sin embargo, les ayuda a restaurarse del daño sufrido.

Ejemplo de esta realidad es el caso de nuestra joven hermana Rita Oruru, que tenía 13 años cuando fue secuestrada de su casa en el estado de Delta, al sur de Nigeria, quien fue obligada además a casarse con su propio secuestrador y a abandonar su fe cristiana. Finalmente, el secuestrador fue sentenciado a prisión, pero las heridas y el apoyo que Rita necesita, sigue siendo muy notorio.

Este es un ejemplo más de los cientos de casos de niñas secuestradas en Nigeria. El matrimonio forzoso y la violencia sexual no acontecen solamente a las mujeres cristianas en Nigeria sino en muchos más países donde la persecución está presente.

No obstante, es nuestro deber como cristianos, mantener la cabeza alta entendiendo que, aunque la justicia de los hombres nunca podrá satisfacer ni restaurar el daño causado, nuestro Dios de ningún modo permanece impasible ante la injusticia y el daño a las personas más vulnerables o desfavorecidas.