A pesar de que esta lacra para el ser humano transciende a todas las épocas y contextos, no hay calificativos para ilustrar el dolor y la injusticia infligida en el cuerpo y el corazón del hombre para fines tan bajos y egoístas. No pocos santos siervos de Dios han sufrido bajo la tortura de aquellos que actuaban para acallar no solo sus voces, sino sus propias vidas, con el deseo de sofocar una llama que alumbraba y destapaba sus oscuros corazones.

En una ocasión, el apóstol Pablo junto a Silas pasaron por este trance de dolor y sufrimiento que nos relata el capítulo 16 de los Hechos: “Después de darles muchos golpes, los echaron en la cárcel… este los metió en el calabozo interior y les sujetó los pies en el cepo” Llegados a este momento tan duro y carente de esperanza, ¿Qué decidieron hacer? ¡Nada menos que alabar a Dios! Increíblemente, decidieron reconocer que el Señorío del Dios todopoderoso merecía ser reconocido, aún en una situación tan precaria.

El relato bíblico nos muestra que, tras esta reacción, un gran terremoto sacudió la cárcel y no solo sus puertas se abrieron, sino que las cadenas se soltaron. Tal es el poder de la alabanza sincera y despojada de toda pretensión, cuando es proferida desde el dolor del cepo y la angustia de la tortura.

Aún en nuestros días nos hallamos con esta dura realidad en nuestros hermanos de la iglesia perseguida. Hermanos que han sido agredidos, secuestrados, asesinados, y torturados. Pero a pesar de su dolor, es su alabanza al poder y señorío de Cristo la que continúa abriendo sus cárceles, rompiendo sus cadenas y liberando sus corazones hacia un conocimiento cada vez más profundo del amor de Dios para con sus vidas.

Es el deseo de nuestro Dios, por tanto, que no solamente aquellos que padecen intensamente a causa de su fe en Jesús experimenten la verdadera liberación por medio de la alabanza, sino que todos los que hemos profesado la fe, en cualquier situación, descubramos que es posible dar gloria a Dios en medio de las dificultades. Descubramos que es posible ver el poder de Dios aún con nuestros pies en el cepo.