La fruta es lo que diferencia la naturaleza de un árbol concreto. Es el resultado visible y tangible que muestra la realidad de lo que algo es o no es. En muchas partes del panorama bíblico, la idea del fruto se asemeja con las decisiones, acciones o actitudes de las personas o comunidades. Se nos muestra como ese resultado natural, esa consecuencia de lo que somos y de quienes somos y que difícilmente se puede esconder.

Lo que no podemos obviar, es que de la misma manera que en el mundo natural, todo árbol comienza con una semilla, que determinará a su vez la naturaleza del árbol junto con su fruto, así también en nuestro desarrollo espiritual, tenemos la oportunidad de sembrar las semillas que un día determinarán nuestras acciones y concluirán con nuestras decisiones.

Nadie puede estar al margen de esta realidad, nadie puede elegir abstenerse y pasar de largo ante un mundo que nos exige determinación, que nos exige que decidamos continuamente. ¿Antepondremos nuestros intereses y deseos junto con su corriente, o por el contrario empezaremos a invertir para el Reino de Dios, empezaremos nuestra siembra para el Espíritu?

Son las acciones concretas, las respuestas sencillas de entrega y renuncia a la voluntad propia, las que podrán dejar crecer la semilla del Espíritu en nosotros. Es ese “hacer bien” que Pablo en su epístola a los gálatas anima a perseguir sin desmayar el que hará que, por la gracia de Dios, seguemos un día el apacible fruto del Espíritu en nuestras vidas. Ese fruto que puede saciar a innumerables personas que están necesitadas del amor de Dios, ese fruto que nos llevará a no hacer vano el sacrificio de nuestro Señor, sino devolverle con creces los talentos que se nos han entregado. Pero ¿Cómo podremos entregar algo que no tenemos? ¿Cómo seremos ese buen árbol que da un fruto, cuya semilla nunca ha sido plantada ni atendida?

Y todo esto nace en el corazón, nace en el imperceptible momento cuando la semilla de la Palabra de Dios impartida por el Espíritu Santo es creída, es recibida con el deseo de hacerla crecer y obedecerla. Precisamente eso sucede, nuestra semilla realmente brota cuando en lugar de pagar con ira y maldición a nuestro prójimo, sabemos escuchar el suave silbo que nos recuerda lo que hemos sembrado, siendo humildes sin pagar mal por mal. Aun más que eso, amando a nuestros enemigos.

Esa semilla fue plantada por Kirti, una joven madre india, cuyo marido fue asesinado por los vecinos de su aldea por abandonar el hinduismo y entregar su vida a Cristo. Tras amenazas, palizas y saqueos, una noche, un grupo de hombres con cuerdas rodearon la casa de Kirti. Llamaron a la puerta, entraron corriendo y se llevaron a su marido por la fuerza. Kirti trató de detenerlos, "¿Adónde se llevan a mi marido?", gritaba.

Durante días, Kirti trató desesperadamente de encontrarlo, yendo de pueblo en pueblo... y finalmente descubrió dónde estaba. Fue a verlo desde la distancia, se encontraba a sólo cien metros de distancia y escuchó sus gritos. Lo habían matado.

Tras enterrar a su marido, Kirti regresó a su pueblo para reflejar la luz de Cristo de nuevo. Ella desea recoger ese fruto que con tanto sufrimiento ha cuidado, ella desea que sus vecinos puedan ver el amor de Dios a través de sus acciones.

"La gente de mi pueblo quiere echarme, a menudo me amenazan con matarme, pero pido a Dios por la salvación de mi pueblo y creo que mi pueblo pronto la recibirá" dice Kirti.

Como Kirti, no nos cansemos de hacer el bien, no nos cansemos de sembrar en el Reino de Dios, porque tarde o temprano, obtendremos el resultado, entregaremos nuestro fruto para la gloria de nuestro Dios.