Leyes como pueden serlo las de la física, o las leyes biológicas, como la de la germinación, donde se necesita la descomposición de una semilla, para que pueda dar lugar al nacimiento de una nueva planta, que a su vez entregará otra cantidad de nuevas semillas. En esto vemos muy claramente como, para la multiplicación de un género, se debe dar primero la muerte y entrega de uno de sus ejemplares.

Esta misma verdad es enseñada por nuestro Señor en Juan 12:24, cuando haciendo referencia a su propia muerte, nos abre el camino a la verdadera multiplicación y germinación espiritual, que dará posteriormente el abundante fruto: “De cierto, de cierto os digo, que si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo; pero si muere, lleva mucho fruto.”

En este sentido, no hay manera de desvincular el éxito de una semilla de su “caer en tierra y morir”. No podemos obviar que el mayor fruto jamás dado, fue resultado del mayor sufrimiento y entrega. Y ese es el fruto del sufrimiento, ver como la sociedad que nos rodea, y que en muchos casos es el origen de nuestro dolor, pueda obtener un testimonio sólido de nuestro compromiso con la voluntad de Dios y con su Palabra, pueda ver reflejado en nosotros la relación de amor que nos sustenta continuamente, marcando de esa manera el camino que todos deben seguir y también experimentar. En definitiva, todos aquellos que nos rodean, puedan ser convertidos en el resultado y fruto de nuestra entrega.

De esto puede enseñarnos bastante Angelina, una creyente del norte del estado de Hidalgo, en Méjico, a quien su comunidad le cortó el acceso al agua y a los servicios de tratamiento de residuos, porque ella y su familia no participaron en las celebraciones sincretistas tradicionales de la comunidad, teniendo que andar desde entonces un kilómetro al día para obtener el agua que necesitan.

A pesar de todo lo que han sufrido, su aislamiento y una mayor situación de vulnerabilidad en esta pandemia, Angelina y su familia permanecen firmes en su obediencia a la Palabra de Dios, sabiendo que su sufrimiento y su “muerte en tierra” dará un abundante fruto para el Reino de Dios. Y nosotros, ¿Estaremos dispuesto también a “caer en la tierra” para que el Reino de Dios pueda llevar fruto en nuestras propias vidas y en nuestro alrededor?