Una vez que nos disponemos a ser testigos de Cristo a los que nos rodean, descubrimos que en muchas ocasiones ese testimonio será creído y aceptado, pero en otras será rechazado y menospreciado, ocasionando para nosotros la persecución o la exclusión.

Y es en los momentos de adversidad, cuando recibimos ese poder necesario para permanecer firmes, es en la prueba cuando la promesa divina se ve totalmente cumplida en nuestras vidas: Ya no estamos solos, desde el día de Pentecostés cuando el Espíritu Santo descendió, contamos con el incansable apoyo y trabajo del ayudador, de Aquel que nos da las fuerzas y el poder para continuar y seguir avanzando en nuestro testimonio acerca de la verdad.

Podemos ver esta realidad en nuestros hermanos perseguidos, podemos verla en las hermanas Fatuma y Amina, de 19 y 16 años, dos jóvenes etíopes que vinieron a Cristo hace casi seis meses. Su madre que había estado orando por ellas durante años, había ocultado su fe a su marido y a toda la comunidad de creencia musulmana donde vivían, hasta que finalmente tuvo que confesar a sus hijas quien era Jesús para ella.

"Nuestra madre nos dio testimonio de Jesús. Miramos su vida y nos sorprendió cómo había cambiado con el tiempo. Decidimos seguir a Jesús también." Declaraban las jóvenes.

Finalmente, tras su bautismo, se hizo evidente para todos su devoción por Cristo, y en un último intento de su padre para retenerlas en el Islam les amenazó diciéndoles: "Acabaré con vosotras con una espada si intentáis convertiros en cristianas”. Y aunque finalmente no cumplió su amenaza, las expulsó de casa dejándolas solo con lo que llevaban puesto.

Fatuma y Amina encontraron refugio en la iglesia por unas noches. Luego se mudaron con su abuela materna, también una audaz seguidora de Jesucristo.

A través de testimonios como estos, constatas que no somos abandonados a nuestra suerte en una aventura con un final incierto, ves con claridad que Dios ha prometido su Espíritu para cada corazón que se entrega en arrepentimiento a una nueva vida en Cristo. Que Dios ha prometido el poder sobrenatural del Espíritu Santo que nos hace enfrentarnos a la adversidad, y salir victoriosos en medio de ella.

Ese poder está también disponible para nosotros.