El mismo apóstol Pablo enseña a la antigua iglesia de Filipos la realidad acerca de la necesidad de despojarse de aquellas posesiones que conforman nuestra vida por amor y en servicio al que más necesita. Cristo no se aferró a su gloria celestial, no estimó su posición como igual a Dios como si de una posesión irrenunciable se tratara, ni esa realidad le impidió el ser obediente ante la voluntad del Padre para adoptar aquella forma de siervo necesaria para consumar la salvación del hombre.

“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo.”

Esta misma verdad permanece casi dos mil años después, enraizada en los corazones de aquellos discípulos que están dispuestos a despojarse de todo lo que les rodea, por muy doloroso que esto pueda llegar a ser, con tal de emular los pasos del Maestro en esta tarea.

Claro ejemplo de ello es la vida de Poh, un creyente hmong de Vietnam que el año pasado fue atacado por su padre al proclamar audazmente su fe. Él, su esposa Mai y sus dos hijos se vieron obligados a abandonar el pueblo y ser despojados de todo aquello que amaban a causa de su compromiso con la obra de Dios entre los suyos.

"Hace unos meses, volví a mi antiguo pueblo para visitar a mis padres y hermanos, pero mi familia y los vecinos siguen odiándome y me prohíben acercarme a ellos. Mis padres siguen despreciándome y han renunciado a que sea su hijo. Pero a pesar de estos desafíos, ahora estoy sirviendo al Señor. Ahora soy un trabajador de la iglesia a tiempo completo y el Señor también nos ha bendecido con otro bebé el año pasado". Explica Poh.

La vida del creyente, aunque llena de gozo, está ubicada entre la entrega y el sacrificio de lo que es propio para la salvación y la restauración de aquello que Dios desea recuperar. Hemos de estar dispuestos a despojarnos de todo aquello que sea necesario para que, como en la vida de nuestro hermano Poh, el evangelio de Dios siga su curso a través de nosotros.

¿Estaremos dispuestos a que en cada uno de nosotros fluya el mismo sentir que hubo en Cristo? ¿Sacrificaremos el natural deseo que como seres humanos tenemos de aferrarnos a lo que pensamos? ¿Nos despojaremos de nuestros recursos o posición para que contribuyamos efectivamente a aquel sentir?

Estemos atentos para que nada de lo que somos o poseemos ocupe el lugar que solo pertenece a Cristo y su propósito en nosotros.

Más bien sigamos el ejemplo de aquellos de nuestros hermanos en todo el mundo que sufren precisamente por esa causa. Sigamos el ejemplo de aquellos que están dispuestos a renunciar y a despojarse de todo lo que sea necesario por amor al evangelio y su avance.