Sin duda alguna, este texto refleja uno de los momentos más cruciales de la historia de la humanidad: La muerte y sacrificio de nuestro Señor. El evangelio de Marcos en su capítulo 15 nos relata acerca de la crucifixión de Jesús y como en un momento determinado en el sacrificio de nuestro Señor, unas densas tinieblas sobrevinieron en toda la tierra a partir de la hora sexta hasta la hora novena, cuando Jesús aún estaba en la cruz.

Muy pocos serían capaces de entender en esos momentos la trascendencia de los acontecimientos: Para los romanos solo sería un trámite político al que hacer frente, para los judíos enemigos de Jesús, solo un día en el que regodearse con el dolor y el sufrimiento de aquel a quien habían perseguido. Para los discípulos y seguidores de Jesús, ese día sería entendido como el fin de una historia maravillosa de amor y esperanza, sin llegar a entender como de un momento tan oscuro, tan triste y de tanta debilidad podría salir algo bueno, se pudiera ver algún rayo de esperanza, si es que lo había.

Incluso nuestro Señor, que había manifestado esa comunión tan íntima que disfrutaba con Dios, que en tantas ocasiones había encontrado las respuestas a las peticiones que hacía al Padre, ahora tendría que atravesar por el más duro y difícil de los momentos vividos, haciendo en la cruz una pregunta que podría hacer temblar la más estable de las convicciones de nuestra fe: “Dios mío, Dios mío, ¿Por qué me has desamparado?”

Este es el clamor desesperado de Jesús ante un camino de necesario tránsito, es el culmen del dolor no solo físico, sino del corazón de nuestro Señor que necesariamente se ve echado a un lado ante la mirada de su Padre, para que en su desamparo, en su dolor y en su muerte, pueda consumar la más grandiosa obra de salvación nunca vista: Comprar del pecado y de la muerte a todos aquellos que confíen en su sacrificio, a aquellos que vean en el momento más oscuro de la vida de Jesús y en su muerte, el necesario pago que ha sido realizado por nuestra libertad.

Esto nos enseña una verdad muy valiosa acerca de los duros momentos por los que la Iglesia de Jesucristo tiene que atravesar en muchos lugares del mundo: Tiempos de dolor, de soledad, de aislamiento y por instantes, de sentirse también desamparada. Y es que, aunque muchas veces, nos hagamos la misma pregunta que el Señor, aunque sintamos que estamos atravesando por nuestra hora más oscura, la realidad es que cuanto más difícil es el camino, cuanta menos esperanza parezca haber, aún más cerca nos encontraremos del propósito perfecto y eterno de nuestro Dios.

No temamos pues, de los tragos amargos que nuestro camino en la voluntad de Dios tengamos que atravesar, si permanecemos en su amor, en la misma comunión y obediencia que Jesús tenía con el Padre, también del mismo modo que nuestro Señor, la más absoluta oscuridad se convertirá en el más luminoso día. El mayor momento de debilidad, se transformará en verdadero poder y en nuestra entrega y sacrificio se descubrirá el alivio y la salvación de otros.

Sergio Moro