Como emoción inseparable de la vida de los hombres, podemos ver algunos registros de ella en la Palabra de Dios. Hubo hombres piadosos que pasaron tragos muy amargos, sin saber el porqué de las travesías llenas de sinsabores y sufrimiento por las que les tocaba transitar.

La realidad es que una de las mayores fuentes de decepción para los hijos de Dios es, en primera instancia, la dificultad para comprender los motivos de las angustias sobrevenidas cuando se estima que no se merecen, cuando se cree que, a causa de una vida justa y piadosa, el camino bajo tus pies debe ser siempre y en todo momento, liso y sin aristas.

En muchas ocasiones, la decepción que motiva esta manera de pensar lleva aparejada la tentación a abandonar la necesidad que tenemos de mantener el corazón limpio de los pecados, pues llegamos a sentir innecesaria tal elección de vida.

El salmista nos regala uno de estos momentos en el Salmo 73:

“Verdaderamente en vano he limpiado mi corazón, Y lavado mis manos en inocencia; Pues he sido azotado todo el día, y castigado todas las mañanas. Cuando pensé para saber esto, Fue duro trabajo para mí. Hasta que, entrando en el santuario de Dios, comprendí el fin de ellos.”

En este mismo sentido, nuestra hermana Noemí, misionera junto con su marido y su familia, en Myanmar desde 2013, fueron los primeros cristianos en llegar hasta ese pueblo. La gente de esta comunidad es devota tanto del budismo como del animismo. Mientras siguen las enseñanzas de Buda, adoran a sus antepasados, convocan a los espíritus y practican la brujería.

Fueron muchos los momentos en que la presión ejercida por sus vecinos, así como la realidad espiritual de la zona, pasaron factura a su familia, con agresiones, acoso y noches de insomnio. Toda esta situación llegó al límite cuando un día, su hijo fue visto vagando por el pueblo. “Llegó a casa por la tarde y dijo: "Estoy cansado". Su voz se volvió cada vez más y más débil mientras repetía esas palabras. Luego respiró por última vez". Nos cuenta Noemí.

Fue en ese momento cuando el corazón de Noemí se partió y este se sumió en la más profunda de las decepciones.

"Ese día, culpé a Dios por la muerte de mi hijo. Era la primera vez que le echaba la culpa a Él. Ya no quería asistir a nuestro servicio de la iglesia. Ya no quería trabajar en el ministerio. Imaginaba a mi hijo allí, cantando... y me eché a llorar. Cuando comenzamos nuestro ministerio, él siempre estaba en la iglesia, cantando y tocando la guitarra” Relata Noemí.

Noemí y su familia experimentaron persecución por su creencia en Cristo. A pesar de atravesar un duro momento de decepción, la muerte de su hijo fortaleció su fe y los unió como familia. Ahora, Noemí comparte su historia para animar a otros y no puede evitar mirar atrás y ver como el amor de Dios ha sido quien les ha sustentado.

Así como en la vida de Noemí, es en los momentos de decepción cuando sentimos la restauración de nuestros corazones por el cuidado amoroso de Dios. Es en los momentos donde todo se vuelve oscuro, cuando la luz de Cristo resplandece aun con más fuerza y nos muestra el camino, nos muestra quien es Él en realidad.