El esfuerzo y la entrega están en niveles de baja popularidad. Los servicios y productos low cost se adentran en nuestros pensamientos. Vivimos en la famosa era del microondas, la cual nos enseña, que podemos esperar resultados inmediatos con el mínimo sacrificio y que con solo entregar una pequeña parte podemos demandar el todo. Indudablemente, esta tendencia nos va haciendo cada vez más egoístas, buscadores de la autosatisfacción por encima de todo: Si no tiene nada que ofrecer, entonces no merece la pena, lo usamos y lo tiramos.

Pero entonces, ¿Dónde queda la entrega, el ponerse en el lugar del otro, el superar juntos situaciones adversas? ¿Qué del amor? ¿Es solo un producto perecedero que atiende a una reacción química destinada a hacernos sentir bien por una temporada?

Es duro llegar a comprender cuanto hemos desviado el camino, cuanto hemos torcido la verdad para continuar con nuestra autosatisfacción. Es difícil llegar a entender que el verdadero amor, el que procede de Dios y se derrama en nuestros corazones, conlleva el sacrificio desinteresado del que ama y piensa en la necesidad y en el bienestar del otro; lo merezca o no. Es un don que recibimos y que debemos del mismo modo entregar.

Jesús nos entregó su amor, no en forma de poesía, versos o palabras perfumadas sino en cada gota de su sangre derramada para nuestra salvación. Y es que, esta es la única manera en que el verdadero amor puede manifestarse: Mediante la entrega incondicional por el bienestar del ser que es amado, aunque esto pueda suponer una pérdida o renuncia personal.

Este mismo amor es el que descansa en nuestros corazones y es el que debemos practicar los unos con los otros, pudiendo demostrar a este mundo ubicado en el egocentrismo que hay otra manera de vivir, otra manera de amar, otro camino para hallar el descanso. Juan relata esta realidad en las mismas palabras de nuestro Señor:

“Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros y en esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los otros.” Juan 13:34-35

No es difícil encontrar hoy día ejemplos donde mostrar ese amor recibido y hacer honor a estas palabras de Jesús. Hace unos días una hermana en Cristo, originaria de un país asiático de mayoría musulmana y empleada en un centro de salud, nos hacía llegar unas maravillosas palabras de agradecimiento, dado que Puertas Abiertas pudo hacerle llegar un paquete con ropa y medios de protección contra el contagio del coronavirus.

Aunque obviamente está agradecida con estos recursos, lo que más valora por encima de todo es lo que ha impulsado esta acción y la ha hecho posible, el amor y entrega de muchas personas que ni siquiera la conocen personalmente, pero que han entregado algo propio para el bienestar y edificación de otros. Nuestra hermana en sus propias palabras nos deja este mensaje de agradecimiento: "Gracias, queridos amigos: Os damos las gracias por este amor. No sólo nos habéis dado ropa de protección, sino también amor y oraciones.”

En cuanto a ti, ¿Vas a hacer que el amor de Dios en tu vida dé lugar a una verdadera respuesta desinteresada? ¿Compartirás el sufrimiento de los que son perseguidos por causa del que nos amó? ¿Estás dispuesto a entregar parte de tu tiempo para orar por situaciones como la de nuestra hermana y que su dolor pueda ser aliviado por tu amor?

Ora por la iglesia perseguida, conoce de su situación y atiende sus necesidades. 

Sergio Moro