Saree tiene ahora 15 años y vive en una de las zonas rurales de India. Es bastante alta para su edad y tiene una sonrisa preciosa. De vez en cuando entrecierra los ojos y al hacerlo su cara se oscurece, dándole un aspecto mucho más maduro. Es como si llevara una carga que nadie puede ver, una realidad muy cierta en su vida. Saree se enfrentó a la dura decisión de elegir entre su familia y su fe en Jesús, ante su indecisión su padre eligió por ella y fue expulsada de su casa.

Saree era sorda de nacimiento, y esta circunstancia le había impedido hacer vida normal, no podía estudiar y esto llegaba hasta el punto de que era ridiculizada por sus compañeros. Sus padres trataron de remediar esta situación por todos los medios posibles, pero ningún tratamiento médico, ni ritual hindú, ni acto de brujería pudo sanar su enfermedad.

Un día, una de sus tías fue a visitarla y teniendo misericordia de la pequeña le dijo:

“Nadie de tu familia cree en el Dios verdadero. Pero yo sí. Ven conmigo y serás sanada por Él”

Por aquel entonces Saree tenía 11 años y esta era la primera vez que pisaba una iglesia. Nada más entrar encontró gente cantando canciones y al pastor enseñando la Palabra de Dios. Saree apenas oía debido a su enfermedad, pero lo poco que oía era suficiente para comprender algo de lo que se cantaba y se predicaba. Por algún extraño motivo, las canciones le hacían sentirse feliz. Después de la predicación, Saree fue llevada al frente por el pastor y algunas personas comenzaron a orar por ella. Mientras oraban, comenzó a escuchar sonidos que cada vez se oían más y más fuertes, a la vez que sentía la presencia de algo que se acercaba lentamente hacia ella. Dios estaba presente en aquella remota iglesia de India y gracias a su misericordia Saree fue sanada por completo.

¿Quién no se alegraría por aquella niña que había sido sanada milagrosamente? ¿Quién no sería capaz de ver la mano de Dios en aquella situación?

Tristemente, los padres de Saree cegados por las tradiciones, el miedo a lo desconocido y las represalias de una comunidad mayoritariamente hindú, prohibieron a su hija a volver a ir a la iglesia. Ella no tuvo más remedio que desobedecer a sus padres y asistir en secreto. Cuando el hermano mayor descubrió lo que su hermana hacía la golpeó y la arrastró hasta su casa. En una ocasión incluso tiró al barro la biblia que la joven llevaba y la golpeó de nuevo, esta vez con un palo. Cada vez que era descubierta yendo a la iglesia era maltratada por su padre y su hermano. La situación escaló hasta tal punto, que hace tres meses cuándo fue descubierta de nuevo asistiendo a la iglesia la sacaron de casa y no le permitieron entrar. Saree se encontró sola en la calle, dolorida después de la paliza que le habían dado sus familiares y con un poco de ropa que se habían dignado a tirarle.

“Ya no eres mi hija” le dijo su padre.

La pequeña Saree solo tenía un sitio al que acudir, la casa de su tía, sitio dónde reside hasta la fecha. Al irse, su madre no tardó en aparecer por casa de su pariente para pedir a su hija que volviera a casa. Nada podía hacer más feliz a Saree en el mundo, pero desgraciadamente, una vez hubo vuelto a casa, su hermano comenzó a golpearle de nuevo. Tristemente, en su casa no podría vivir a no ser que renunciara a su fe en Cristo, así que volvió a casa de su tía.

Esta es una situación habría superado a cualquier niña de 12 años, pero Saree tenía claro que permanecer fiel a Jesús era la mejor opción. Está claro, obedecer a sus padres hubiera sido mucho más sencillo, probablemente incluso sería la opción más aconsejada, sus problemas desaparecerían de inmediato. Podría volver al colegio con sus amigos, ¡Incluso ahora podía oír! Sin embargo, cuándo Dios toca una vida, lo hace de manera profunda. Saree había entendido una lección que nos cuesta aprender: Ser seguidor de Jesús significa sacrificio.

Lo único que desea Saree es poder volver a la escuela y que su familia la acepte de nuevo. Muchas veces se le ha pasado por la cabeza renunciar a Cristo para que esto suceda, pero el Señor está con ella y sus palabras le reconfortan en medio de las dificultades.

“El Señor ha dicho que nunca nos abandonará. Él es nuestro sanador” nos cuenta la pequeña.

Es impactante ver una fe tan firme en una niña de 15 años y es por esto mismo que todo el apoyo que Saree recibe es de valor incalculable. Puertas Abiertas acompaña a la pequeña a través de sus socios en el país. Personas que el Señor ha puesto para acompañar a Saree y estar presente en sus vidas, que le ofrecen consuelo y le muestran amor de Dios.

*Pseudónimo utilizado por seguridad*