Amor, nada más que amor. Un amor intenso e interminable. Así fue como comenzó el viaje de Rachel con Cristo, unos diez años atrás. ¿Su camino? Pasar de un profundo sentimiento de vacío a la plenitud del amor de Cristo. Esta sensación fue tan abrumadora que Rachel ni siquiera pensó en la persecución o en ir a la cárcel por su fe. “Solo quería adorar a Dios”, decía Rachel. “Nada más importaba”.

Fue la hermana de Rachel la que la llevó a la reunión de la iglesia-hogar por primera vez. Más tarde, ese mismo día, soñó con Jesús y le entregó su vida. Durante años estuvo asistiendo a esta iglesia-hogar siendo capacitada por sus pastores y bebiendo la “leche espiritual” como ella la llama. Felizmente su esposo también encontró a Cristo en aquel lugar.

Rachel fue bendecida de nuevo, su hija Kimya nació y se unió a una congregación que no hacía de crecer y en la que Rachel y su marido habían pasado a liderar tras solo dos años de formación. El liderazgo nunca es fácil, pero en este país del golfo pérsico es aún más difícil. Ser líder implica asumir más riesgos que los miembros ordinarios de la iglesia, pero incluso con su hija nacida, Rachel no se preocupó. «Por supuesto, los riesgos pasaban por mi mente de vez en cuando, pero siempre suavicé ese pensamiento diciendo: “Dios nos protegerá”».

Durante un tiempo Rachel siguió en esta dinámica, obviamente tomaban preocupaciones y era muy cautelosos en la comunicación (solo usaban teléfonos públicos para hablar entre ellos). Kimya y los otros niños crecieron en una iglesia bendecida con una escuela dominical, pero incluso ellos sabían que no debían hablar de la iglesia con sus compañeros de clase. “Dios les dio sabiduría a nuestros hijos”, dice Rachel.

Pero el día menos esperado Rache fue se encontró con la policía secreta a punto de arrestarla. Rápidamente se escondió, con Kimya aferrada atemorizada a sus brazos, hasta que pasó el peligro. O eso pensaba porque más tarde, cuándo su marido llevaba a su hija a la escuela, la policía volvió a su casa a arrestarla, y esta vez con éxito, se la llevó a la cárcel.

“Me aislaron de todos y solo pude ponerme a llorar. No hacía más que pensar en mi hija y en lo que pasaría” cuenta Rachel mientras su voz se entrecorta y sus ojos se llenan de lágrimas.

Solo hacemos una pregunta más:

¿Preparó a su hija para esto?

“Para nada” dice ella, mirando al suelo.

Duda y confianza, miedo y soledad. Rachel empieza a dudar de sus decisiones, dudando incluso de Dios. ¿Qué pasó con la protección que ella esperaba de Dios? ¿Por qué no la había protegido a ella o a su hija de este problema? “Los primeros 3 o 4 días no hablé con Dios”, admite Rachel. “Me sentía decepcionada con él”.

La prisión es un entorno muy duro. Está siendo una verdadera prueba para Rachel. Cuando no está sola en su celda, es interrogada e insultada por los agentes de la policía. Además de la humillación tiene prohibido llamar por teléfono. No puede hablar con su hija, no puede calmarla, ni decirle que todo va a salir bien. En dos semanas perdió 13 kilos.

¿Dónde estaba la protección de Dios para ella y para su hija?

Aunque Rachel dudó en ese momento, no estaba en los planes de Dios abandonarla a ella y a su familia. Esa noche, cuando consiguió dormir un poco, escuchó un versículo:
En el mundo estaba, y el mundo por él fue hecho; pero el mundo no le conoció (Juan 1:10).

Para Rachel, ese fue su punto de inflexión:

“Los primeros días de mi estancia en la cárcel tenía mucho miedo, pero cuando tuve el sueño y comencé a orar de nuevo, sentía que Dios iba conmigo a todas partes”

Tener a Dios a su lado no significaba que fuera fácil. Rachel pasaba mucho tiempo pensando preocupada en su hija:

"A veces pienso en aquellos días y me pregunto cómo lo hice. Descubrí que podía lidiar con mi ansiedad por mi hija porque oré por ella en la cárcel, oraba todos los días".

Tras dos semanas Rachel pudo al fin hablar con su hija. “Comencé a llorar en cuanto escuché su voz”, recuerda Rachel. “Me enteré de que mi hija estaba enferma y me sentí muy mal”. Rachel, tratando de contener sus lágrimas tanto como pudo, logra calmar un poco a su hija. "Estoy bien, no te preocupes", dije. "Pórtate bien en casa, volveré pronto".

La mujer que estaba sentada al lado de Rachel había estado escuchando la llamada. Ella preguntó: "¿Por qué te lo pones tan difícil? ¿Todo por ese Cristo?" Era una pregunta que Rachel había aprendido a responder en las semanas anteriores. Ella fue firme en su respuesta. "Le dije a la mujer: ‘Jesús es real, y él cambió mi corazón. "Vale la pena darlo todo por él en mi vida."

Después de un mes en prisión, Rachel salió bajo fianza. Las palabras no pueden describir la felicidad que sintió cuando volvió a abrazar a su hija. "No quería dejarme ir. Ella dijo: 'Mamá, por favor, no me dejes nunca más'". Al sostener a su hija, Rachel sabía que, si se quedaba en Irán, volvería a la cárcel, y esta vez también podrían llevarse a su marido. Solo quedaba una opción: huir de Irán, por muy difícil que fuera.

Y así es como encontramos a Rachel, su marido y Kimya: en una casa fuera de Irán, luchando para llegar a fin de mes. Una familia marcada por sus experiencias pero que ha crecido en su fe. "En la cárcel aprendí a confiar en Dios. Confiar realmente en Dios, a un nivel profundo", dice Rachel: "Yo también cambié como madre. Me apasiona aún más enseñar a mi hija sobre Cristo y pasar tiempo leyendo la Biblia con ella".

Kimya, unos años mayor ahora, es una creyente fuerte a pesar de todo. "Mi hija vio cómo Dios trabajó en mi vida, cómo nos ayudó a salir del país. Nunca tuvo una visión de Jesús, pero esto fue un testimonio para ella"

Pedimos a Kimya, que ha estado en una habitación diferente durante nuestra conversación, que entre. Es tímida, pero no tiene miedo de tocarnos una canción con su guitarra. "Esta es mi canción favorita", dice. "Cuando canto esta canción, aunque no puedo tocarla perfectamente, siento que estoy cerca del Señor. Cuando me siento triste, toco esta canción".

Sus manos tocan las cuerdas y canta suavemente al Señor: "Huyo a tus brazos, bebo de tu amor, lavo mis pecados con tu sangre pura, y perdono a todos con la fuerza de tu nombre".

"Pongo mis penas, mis temores y mis cargas sobre tus hombros; pongo mi esperanza y mis metas a tus pies; Separado de este mundo, me entrego a ti".