Timothy Cho nació en Corea del Norte. Cuando apenas era un niño tuvo que vivir en las calles y experimentar la pobreza más absoluta. Más tarde, fue encarcelado por tratar de escapar del país en dos ocasiones, pero finalmente consiguió salir de allí e iniciar una nueva vida. Actualmente, vive en Reino Unido y trabaja para Puertas Abiertas.

En este momento en el que el país asiático celebra el 75º aniversario de la fundación del Partido del Trabajo de Corea, Timothy reflexiona sobre cómo este régimen opresivo aplastó sus sueños, pero cómo Dios le ha ayudado a volver a soñar con una nueva Corea del Norte una vez más. Conoce aquí su historia:


Cuando el Partido de los Trabajadores de Corea nació el 10 de octubre de 1945, nadie pensó que llegaría a establecerse como el poder hegemónico. Este año se cumplen 75 años desde su fundación. Corea del Norte retrata al Partido de los Trabajadores como la "madre del país". La idea es que mientras el partido exista, todo va a estar bien. Sin embargo, esta madre ha abandonado, perseguido, matado de hambre y asesinado a millones de sus "hijos", el pueblo de Corea del Norte.

Yo fui uno de los niños abandonados por este partido hegemónico. Viví en las calles durante años. Intenté escapar del país en dos ocasiones. Fui encarcelado cuatro veces por perseguir mis esperanzas y sueños.

Pensar en esperanzas o sueños es una de las cosas más hermosas de la vida. Pero para concebir un sueño, necesitamos mantener nuestros corazones abiertos. Si tu corazón está cerrado, es difícil ver la belleza con la que soñamos.

No me di cuenta de que había cerrado mi corazón durante muchos años. Cuando todavía era un niño, mis padres escaparon de Corea del Norte, pero pasaron años antes de que pudieran ayudarme a escapar a mí también. Una de las últimas veces que vi a mi madre estaba en un tren, extendiendo su mano hacia mí. Me quedé allí de pie lleno de lágrimas. No la vi durante muchos años después de aquello. Cuando vi a mi padre por primera vez después de nueve años, ni siquiera pude reconocerle. Cuando por fin supe que era él, tampoco supe cómo reaccionar. Mi corazón estaba congelado después de tantos años sobreviviendo en las calles de Corea del Norte.

Me llevó años volver a abrir mi corazón y volver a tener sueños para mi vida y mi país natal. Fue varios años después de vivir en una sociedad libre. Lo más importante: ese proceso llegó a través de mucha oración y aceptación del amor de Dios. Su amor derritió mi corazón congelado.

Un corazón congelado por los problemas

Vivir en Corea del Norte es vivir en la oscuridad. Desde la infancia comienza el lavado de cerebro sobre la familia Kim, eran como dioses. Tenía que pensar en ellos, inclinarme ante ellos y hablar de ellos todos los días. No había tiempo para pensar si esto estaba bien o mal.

Fue a una edad temprana cuando mi corazón se cerró completamente. La política opresiva y la persecución de los Kim, la fuga de mis padres a China, la búsqueda diaria de comida y la hambruna y las muertes en masa eran razones suficientes como para que yo me centrase simplemente en sobrevivir.

Mi única esperanza era llegar a ser un hombre normal en la sociedad, pero no estaba calificado para unirme al ejército o al partido comunista, porque pertenecía a la "clase hostil", el grupo que más discriminación sufre en la sociedad norcoreana.

Corea del Norte, seguramente el lugar más oscuro de la tierra, ha bloqueado las esperanzas y los sueños de todos los jóvenes del país.

Mi instinto de supervivencia me llevó a decidirme a escapar a China. Fue aterrador, pero tenía esperanzas de lograr sobrevivir. Sin embargo, huir de mi amada patria, de mis amigos y vecinos, y de los buenos recuerdos, implicaba que esa esperanza se entremezclaba con un sentimiento de tristeza y con muchas lágrimas.

La primera vez que entré en China, sin embargo, fue un momento de despertar. Estaba lleno de luces, abundante comida y diferentes modas para los jóvenes, cosas que nunca había visto en Corea del Norte. Esa "nueva luz" me llevó a buscar la libertad democrática, una nueva oportunidad y la dignidad humana.

Todos los norcoreanos en China corren el riesgo de ser arrestados y repatriados a Corea del Norte, donde son encarcelados o ejecutados. Y eso me sucedió a mí. Fui arrestado en la frontera con Mongolia y repatriado a Corea del Norte. Inesperadamente, sobreviví al proceso, pero atrocidades indecibles, torturas horribles y actos inhumanos ocurrieron frente a mí.

Cuando surgió la segunda oportunidad de escapar a China, supe que debía buscar "una luz democrática". Sin embargo, tuve que volver a experimentar de nuevo el sufrimiento. Fui arrestado y encarcelado en la prisión internacional de Shanghai. Había una profunda oscuridad en mi corazón durante mi encarcelamiento en aquel lugar, porque no podía esperar nada excepto que mi segunda repatriación me llevase a un campo de prisioneros políticos o a una ejecución pública. En aquella prisión fue donde traté de suicidarme tomando somníferos, con la idea de que el suicidio era una mejor opción que la tortura y la ejecución por parte del régimen.

El Dios de la esperanza

En todas estas situaciones no fui consciente de que Dios, a través de todo esto, estaba profundamente involucrado en mi vida.

Un pequeño rayo de esperanza llegó allí, en mi celda. Uno de los prisioneros era de Corea del Sur. Me sugirió que leyera la Biblia y orase a Dios por mi vida. Fue la primera vez que oré y ni siquiera sabía cómo hacerlo. Cuando le pregunté a aquel preso qué hacer, me dijo: "Sólo di 'amén' al final de tus peticiones".

Cada vez que me arrodillé ante Dios en la prisión, estaba lleno de lágrimas por mi desesperada situación. Le pedía por mi libertad. Dios era el único a quien podía recurrir y poner mi esperanza. Curiosamente, ni siquiera sabía quién era Dios o si existía en ese momento. Pero ¿a qué otro lugar podía ir o acudir en esa fría, oscura y desesperante celda de la prisión?

Oraba más de 20 veces al día. Incluso oré diciendo que, si me daba la libertad, entonces a cambio, dedicaría toda mi vida a Él. Pero si volvía a Corea del Norte, e intentaban ejecutarme, negaría su existencia. Mis oraciones eran mi última esperanza de sobrevivir.

Mientras tanto, lloraba cada noche, con miedo de tener que volver a Corea del Norte.

Después de un tiempo, dos hombres me visitaron en la prisión. Pensé que eran agentes norcoreanos. Pero resultó que eran hombres de la comunidad internacional. Eran como ángeles para mí. Dije: "¡Gracias a Dios!"

Sonrieron y me dijeron que había presiones internacionales para que China no me enviase de vuelta a Corea del Norte. Así que me convertí en una de las pocas personas que China decidió deportar a un tercer país, en lugar de Corea del Norte. Aquello fue una respuesta a mis oraciones.

La libertad, alcanzada y otorgada

El presidente Roosevelt dijo una vez: "La libertad no puede ser otorgada; debe ser alcanzada". En cierto modo, esto fue cierto en mi vida. Mirando hacia atrás, me hace pensar en cómo escapé de mi vieja vida en Corea del Norte dos veces y pude soportar el encarcelamiento.

Pero también fue Dios quien me concedió la verdadera libertad y respondió a mis oraciones por la supervivencia.

No abandoné mi esperanza de libertad, incluso cuando estaba en los lugares más oscuros, asustado, temeroso, e imaginando que podía ser asesinado en cualquier momento. Pero, como no tenía nada que perder más que mi vida, puse mi fe en Dios

Soñar con sueños “imposibles”

Hermanos y hermanas; Dios hace que las cosas imposibles se vuelvan posibles. Debemos mantener nuestros corazones abiertos a soñar en medio de cualquier circunstancia. Mientras haya un sueño, hay esperanza, y el futuro pertenece a aquellos que creen en la belleza de sus sueños.

Con mi corazón abierto, a día de hoy estoy viendo la belleza de mis sueños y la esperanza para mi país, Corea del Norte. Esto me ha llevado a orar a Dios para que derribe los campos de trabajo y libere a cientos de miles de prisioneros, incluyendo decenas de miles de cristianos. Quiero ver a Corea del Norte convirtiéndose en una tierra repleta de hermosas iglesias donde todos puedan asistir, cantar y adorar a Dios con libertad. Y esta libertad de religión demostraría que es una Corea del Norte libre, que los 75 años de división han terminado, y los corazones congelados de las dos Coreas se han derretido. Hay un hermoso arquitecto de un nuevo país, una nueva Corea unida, y su nombre es Jesús.

Queridos hermanos y hermanas, cada norcoreano vive en una fina línea entre la vida y la muerte. Esto es porque el actual Partido de los Trabajadores ha abandonado su responsabilidad principal de proteger a sus propios ciudadanos del hambre, la opresión y la persecución.

Pero Dios no lo ha hecho. Él ama a Corea y a su gente. Su pueblo, su iglesia, continúan trayendo esperanza al pueblo norcoreano. Y yo lo sé. Cuando fui por primera vez a China, fue esa gente la que me dio el amor incondicional del pan, la sopa, la ropa y la oración por mi situación. Son "buenos samaritanos" internacionales que llevan pan y sopa en su equipaje. Mientras Dios esté trabajando, su pueblo seguirá estando presente, y habrá esperanza para mi gente y para mi país.