Saman*, antiguo líder de la iglesia clandestina, ahora está involucrado en el ministerio en Turquía:

«Esta formación me ha dado la oportunidad de actualizarme. Sigo en contacto con algunos de los pastores que conocí en la formación; ellos me ayudan a seguir aprendiendo. Mis amigos dicen que este entrenamiento me ha fortalecido. Yo trato de aplicar lo que he aprendido. Cada día aprendo algo nuevo.

Todavía hablo con Dios sobre mi futuro. Está en Sus manos. Es difícil ser un refugiado en Turquía, pero algunos amigos me cuentan lo apresurada que es la vida en el este, que los creyentes apenas tienen tiempo para realizar sus rezos diarios. Tampoco quisiera eso para mí.

Preferiría regresar a Irán y servir allí Al Señor, pero me está esperando una sentencia de prisión. Yo estoy dispuesto a cumplirla, pero sé que a mi madre le destrozaría que fuese a la cárcel. Es una difícil decisión. Tal vez Dios me esté mostrando algo que necesito aprender aquí y que podré utilizar cuando esté de regreso en Irán.

Me sentí muy animado a asistir a esta formación, y también me da ánimo que nos visitéis, que mi historia se dé a conocer y que la gente pueda orar por mí. No te puedes imaginar lo mucho que significa para mí saber que no estoy solo en esto.»

Wahid, antes líder de una iglesia clandestina, ahora es pastor de una iglesia de 200 fieles:

«La formación para exprisioneros ha hecho de mí un líder más fuerte. Como exprisionero, en ocasiones he sentido que estaba muy solo y que nadie se preocupaba por mí. Este entrenamiento me demostró que estaba equivocado. En el día a día me resulta complicado hablar sobre el tiempo que pasé entre rejas, es una historia horrible, y como líder, es una gran tentación pretender que eres más fuerte de lo que en realidad eres.

Durante la formación conocí a otras personas que habían pasado por lo mismo que yo. Nos entendíamos y también aprendimos los unos de los otros. Lloré mucho, pero también me sentía muy reconfortado. Recuperarme de mi experiencia es un proceso doloroso. Algunas heridas están sanadas. Otras, todavía no lo están. Pero las experiencias y la enseñanza en el entrenamiento me han consolidado como un líder más fuerte.»

Motjaba, de profesor en una iglesia clandestina, a consejero de creyentes de habla persa en Turquía:


«En el entrenamiento aprendí a crearme un espacio seguro. La formación ha sido un buen comienzo para iniciar mi proceso de sanación. Día a día, mi herida está más curada. Tras mi encarcelamiento, el estrés causado por los recuerdos me provocó mareos. Después de un tiempo, desaparecieron; pero volví a sufrirlos cuando comencé a asesorar a los creyentes aquí, en Turquía. Era una tarea llena de intensas emociones.

En la formación aprendí cómo crear un espacio seguro para mí. Cuando estoy escuchando a alguien, hay ocasiones en las que me arrastran a sus problemas. Pero he aprendido a poner cierta distancia. A largo plazo, esto significa que voy a poder hacer más por ellos. Saber crear espacios seguros me ha ayudado a mantenerme sano durante los últimos meses, y así poder continuar asesorando y también lidiar con algún conflicto que había en mi iglesia. A pesar de todas estas emociones, permanecí con buena salud tanto física como mental, y ya no he vuelto a sufrir mareos.

Compartir mi experiencia en prisión también me ha recordado la lección que Dios me enseñó durante mi encierro: ‘Permanece en silencio. Estaré a tu lado.’ Trato de aplicar esa lección a mi vida. No quiero alzar mi voz tan solo para obtener reconocimiento de otras personas. No quiero que nadie me vea como a alguien importante porque he estado en prisión por mi fe. No soy más que cualquier otro Cristiano: Necesito a Dios tanto como cualquiera de nosotros. También Le necesito ahora, así que Él es lo primero en lo que me centro.»