El oscuro cabello de Esther cae muy por debajo de sus hombros. Es una mujer menuda. Lleva un vestido de color azul oscuro y unos zapatos de piel marrones. Es tímida y reticente y se arrastra por la habitación como un susurro. Acabamos de terminar una comida de ghormeh sabzi, un estofado de cordero típico de Irán y unas judías con verduras y lima. Suri, otra mujer iraní que está con nosotros, dice: «Si no os gusta el ghormeh sabzi, entonces no puedes ser iraní.» Todos nos echamos a reír. Es un plato delicioso.

Es evidente que tanto Esther como Suri aman su país natal, y continuarían viviendo en Irán si tuviesen libertad para adorar a Jesús. Pero en el mundo de habla persa, ser cristiano es algo peligroso.

El régimen iraní pretende que el país sea un Estado Islámico chiita y su influencia está en constante expansión. Los más intransigentes dentro del régimen se oponen con vehemencia a la Cristiandad, ocasionando graves problemas a los cristianos; particularmente a los conversos desde el islam. Hay espías esperando para entregar a los creyentes, incluso hay veces que la propia policía se involucra en la vigilancia ante cualquier actividad sospechosa de ser cristiana –con escuchas telefónicas, configurando cámaras de seguridad, siguiéndoles por la calle, etc.


Encontrando a Jesús en irán

Esther creció en el seno de una familia musulmana, pero su hermano tuvo ocasión de escuchar el evangelio y se convirtió al cristianismo. Cuando su hermano compartió las buenas nuevas con Esther, ella decidió entregar también su vida a Jesús. Pero en Irán es ilegal convertirse del islam al cristianismo, y desde el momento en que dijo sí a Jesús, también dijo sí a una vida llena de dificultades.

Poco después de que Esther comenzase a seguir a Jesús, también se unió a una pequeña comunidad de creyentes clandestina que acababan de poner en marcha una iglesia. Allí Esther ayudó a instruir a otras mujeres iraníes y trabajó con niños.

«En todo momento teníamos que estar alerta y mantener el secreto de nuestra fe», nos dice. «No podemos ir a una iglesia, arquitectónicamente hablando, así que nos encontramos en casas. Hacíamos las alabanzas y oraciones en voz muy baja para que ningún vecino pudiese oírnos

El gobierno iraní controla todas las facetas de la vida pública –y todos los matrimonios deben celebrarse bajo la autoridad islámica. Esther y su futuro esposo mantuvieron su fe oculta al gobierno para poder casarse. «Es muy difícil, ya que debemos mantener nuestra fe oculta o, de lo contrario, tendremos más problemas», dice Esther. Más adelante tuvieron un bebé; un niño.

Pero en Irán es difícil mantener tu fe oculta al gobierno durante mucho tiempo. La policía secreta en ocasiones se infiltra en comunidades cristianas clandestinas, fingiendo ser nuevos conversos, integrándose en las iglesias clandestinas para así arrestar a congregaciones enteras.


Forzada a elegir entre la cárcel o el exilio

Una noche, mientras su iglesia clandestina estaba reunida, la policía irrumpió en su reunión secreta. «Aquella noche el gobierno nos sorprendió», dice Esther. «Otras hermanas y yo no fuimos a prisión, pero al resto de personas que estaba con nosotras, sí se los llevaron». La policía permitió a Esther y a otras mujeres ir a atender a sus hijos, pero les ordenaron volver al día siguiente para ser interrogadas.

Cuando Esther y su marido fueron interrogados al día siguiente, la policía secreta les dijo que tenían documentación sobre su actividad como cristianos. «Todo ha cambiado en vuestra vida», les dijo la policía. «Sabemos que sois cristianos y que realizáis actividades en la iglesia».

Los interrogatorios se sucedieron de forma intermitente durante aproximadamente un mes. La policía secreta registró su casa y a menudo amenazaban a la pareja con el hecho de que, si no abandonaban la fe cristiana, pronto irían a la cárcel y no verían a su pequeño hijo. El acoso era constante. Cuando te conviertes al cristianismo en Irán, las consecuencias salpican a toda tu familia.

Al final, la policía secreta dio la oportunidad a Esther y a su marido de acabar con todo aquello.

Durante el último interrogatorio, les deslizaron un documento por la mesa y pidieron a Esther y a su marido que rellenasen un papel en el que renegaban de su fe cristiana para volver a al islam. Todo lo que tenían que hacer era firmar aquel documento y las cosas volverían a ser como antes, les dijo la policía.

Era una elección que cambiaría sus vidas para siempre. No firmaron los papeles. «Fue una experiencia nueva para mí», dice Esther, «porque tenía que elegir… Pero elegí a Jesús.»

Como suele ocurrir en Irán, hay una salida que el gobierno da a algunas personas en situaciones como ésta, haciendo la vista gorda ante quien quiere abandonar el país. «Escapamos», dice Esther. En vez de quedarnos en Irán e ir a prisión, Esther compró un billete de ida y vuelta para un tour en Estambul y se marchó con su hijo. Su marido se reunió con ellos una semana después. Nunca han regresado a Irán.


De persecución en persecución

De alguna manera, la familia de Esther cambió una persecución por otra. La vida en Turquía para refugiados iraníes es un camino difícil. Es duro encontrar trabajo, hay que aprender una nueva lengua, los refugiados tienen que registrarse en las comisarías de policía más cercanas con regularidad, y a menudo son tratados como ciudadanos de segunda clase.

«En Irán estábamos perseguidos, y aquí sufrimos otra persecución», dice. «Vine aquí y luché contra Dios. ¡No puedo soportar todo esto! Todo ha ocurrido en tan poco tiempo, y veo a mi hijo y…»

Cuando comenzamos a hablar sobre el impacto en su hijo, las emociones de Esther la abruman y tenemos que parar la entrevista unos minutos. Dejar Irán ha sido extremadamente difícil para su pequeño.

La decisión de Esther de seguir a Jesús en Irán, la ha llevado a la parte más desafiante de toda su vida. En un momento en el que las parejas jóvenes están disfrutando de su vida y su familia, Esther y su marido están luchando por sobrevivir. Pero cuando le preguntamos si todo valió la pena por seguir a Jesús, ella responde sin dudar: «

«Soy cristiana y sé que somos perseguidos», nos dice.

Cuando nuestro camino y el de Esther se separan en las lluviosas calles de Estambul, ella nos regala una enorme sonrisa y se despide moviendo la mano. Su historia es la de muchas personas dentro de la iglesia perseguida hoy en día. Son gente corriente, gente como tú y como yo. Ellos buscan seguir a Jesús en el dolor, la dificultad y los senderos de la vida.

Son personas que se enfrentan a grandes sufrimientos por su fe –pero cuando se les ha ofrecido una salida, seguían eligiendo a Jesús.

Mientras Esther se aleja, recuerdo las palabras que me dijo al final de la entrevista: «Tú me escuchas», dijo. Repitió, «Tú me escuchas

A veces, lo mejor que podemos hacer es estar con los que sufren. Comer con ellos. Orar. Sonreír. Escucharlos… Y recordar que todos somos un cuerpo en Cristo. De eso trata realmente el ministerio de Puertas Abiertas –estar con los perseguidos.