«La cárcel era un sitio terrible, verdaderamente horrible», dice Morad, un hombre de unos 40 años, cuando le conocimos en el centro de tratamiento de cuidados postraumáticos para ex prisioneros al que acudía. «En los seis meses que estuve allí, 20 personas fueron ejecutadas. Las ejecuciones eran anunciadas por los altavoces de la prisión. Algunos de aquellos hombres, estuvieron conmigo en mi celda, era desgarrador ver el miedo a la muerte reflejado en sus ojos

Morad era profesor en una iglesia. Fue arrestado mientras enseñaba a un nuevo creyente en otra ciudad. «Nadie sabía dónde me encontraba, comenta. Los interrogadores se burlaron de mí y me pateaban mientras me hacían preguntas. Todo lo que dije se usó en mi contra. Entonces me dirigí a Dios: ‘Señor, tú que estás presenciando todo esto, ¿por qué lo permites?’. Pero Dios permaneció en silencio.»

Saman* también acude al centro de tratamiento de cuidados postraumáticos para ex prisioneros.  Es un hombre joven que solía ejercer como líder del grupo más joven de su iglesia, la cual crecía rápidamente. Era un fuerte y apasionado creyente, pero cuando le encerraron, esto cambió rápidamente: «Cuando me llevaron a prisión, dejé a mi madre en casa llorando y temblando ; ella vio cómo las autoridades me llevaban preso. Eso le partió el corazón. Fue terrible ver aquello. En la cárcel estaba asustado y desesperanzado. Me sentí tan alejado de Dios, que durante los primeros días de encierro ni siquiera pude orar

Saman forcejeó con sus interrogadores, o como él lo ve, con el mismo demonio. «Trataron de quebrarme diciéndome que no era nadie. Destrozaron mi identidad. Saman se sintió tan lejos de Dios, que incluso llegó a dudar de su fe. Pensé: ‘¿Es esto todo? ¿He malgastado 13 años creyendo en Él? ¿ Acaso siquiera existe?’»

Los dos hombres terminaron por quebrarse cuando sus amigos fueron puestos en su contra. En el caso de Morad, uno de los miembros de su iglesia, con quien compartía pabellón, estaba terriblemente enfadado con él. «Me contó cómo los interrogadores le amenazaron con maltratar a su hijo. Me dijo que arruiné su vida por haberle mostrado a Cristo. También testificó en mi contra en el juzgado

Saman presenció cómo los interrogadores trajeron uno a uno a sus amigos con los ojos vendados. Cuando se les preguntó que quién era el culpable de que estuviesen encerrados allí, todos respondieron  Saman, y todos y cada uno de ellos estaba dispuesto a testificar en su contra.

Dos historias desgarradoras. Son historias sin grandes milagros o respuestas fáciles. Pero no son historias carentes de la presencia de Dios. «Tras uno de mis interrogatorios, recordé una cita de Abraham Lincoln», confiesa Morad. «Al final de los tiempos, caeré sobre mis rodillas. Y eso fue lo que hice, caí sobre mis rodillas. Finalmente Dios me hablo, y dijo: `permanece en silencio. Aférrate a mí y hazlo como si estuviésemos unidos con pegamento’.»

Saman también encuentra paz cuando comienza a orar. «Me enfadé tanto tras mi primera conversación telefónica con mi madre y mis hermanas, que me puse a gritar por los pasillos cuando me traían de vuelta a mi celda. Grité ‘¡no merezco esto!’. Una vez en mi celda comencé a gritar a Dios: ‘¡¿dónde estás?!’.  Poco a poco mis plegarias se fueron suavizando, hasta que la gracia del espíritu santo me inundó y empecé a bailar y a cantar: ‘¡Jesús está vivo!¡ Jesús está vivo!’

Han pasado unos cuantos años desde que Morad estuvo preso. Da un sorbo a su café desde un sofá en el hotel donde se realiza la formación. «Si me preguntas por qué Dios permaneció en silencio en aquel momento», comenta, «todavía no sé la respuesta. Pero lo que sí sé, es la tarea que Él me asignó: vivir el evangelio

Saman ha tenido problemas con su fe en Dios desde que salió de prisión. «En la cárcel sentía que Dios estaba tan cerca y a la vez tan lejos. Y cuando salí de prisión, no recibí la atención que yo esperaba de la iglesia. Me sentí olvidado, no sólo por la iglesia, también me sentí olvidado por Dios. Aunque a día de hoy puedo decir que nunca sentí que Dios me había abandonado realmente. En el centro de tratamiento de cuidados postraumáticos, habiendo recibido terapia artística y estudios bíblicos sobre el sufrimiento, siente por primera vez que la ardiente fe que solía tener por Dios, está retornando. Todavía no es tan intensa, pero estoy seguro de que lo volverá a ser.»

«Haber sido encarcelado por seguir a Cristo no es fácil, es algo real y no es una grata experiencia», concluye Morad. «Pero también te pone en contacto con la realidad. ¿Estoy dispuesto a sufrir por mi Señor?  Inclluso tras aquellos horribles meses en prisión, puedo afirmar que: ‘Sí, definitivamente merece la pena. Creo en Jesús, y si ello significa que tengo que sufrir, entonces estoy dispuesto a ello.’»