En el pasado informe de la Lista Mundial de la Persecución, se añadió por primera vez un análisis que determinaba de qué manera la persecución actuaba tanto en hombre como con mujeres. Según los datos obtenidos se pudo llegar a la conclusión de que las mujeres padecían la persecución en forma de matrimonios forzosos, violencia sexual, arresto domiciliario y presión por parte de la familia.

De todos lo mencionado anteriormente, probablemente la violencia sexual sea de lo más agresivos y destructivo para la vida de las mujeres.

En muchos de los países donde existe la persecución la mujer está relegada a un papel secundario. En este sentido hablamos de sociedades o comunidades donde no existe igualdad de derechos entre hombres y mujeres. La persecución explota esas vulnerabilidades y actúa sobre las mujeres mediante esos puntos de presión o debilidades.

Esta realidad no es puramente teórica, sino que podemos verlo claramente en multitud de testimonios e historias de mujeres que han sufrido este tipo de persecución en sus propias carnes. Incluso en algunos de los casos más conocidos que han trascendido a nivel internacional la violencia sexual está presente.

Leah Sharibu, cuya historia ha dado la vuelta al mundo, fue secuestrada (junto a otras 109 compañeras de clase) por el Boko Haram en su propia escuela en 2018. La mayoría fueron liberadas al cabo de un tiempo, pero la negativa de Leah a renunciar a su fe llevó a los militantes extremistas islámicos a dejarla en cautividad durante todo este tiempo. Tras años en los que no se conocía el paradero ni el estado de la joven, recientemente se filtró una información que afirmaba que Leah había sido obligada a casarse con uno de los militantes del grupo y que fruto de este “matrimonio” Leah habría dado luz a un hijo. Como vemos en este caso dramático, el secuestro y la reclusión no fueron suficientes armas por lo que la joven sufrió además un matrimonio forzoso, que en esas condiciones y sabiendo que además quedó embarazada, se considera violencia sexual sin ninguna duda.

Y este no es más que un ejemplo de los cientos e incluso miles de mujeres que sufren este tipo de violencia por el simple hecho de ser cristianas y no renunciar a su fe. En este sentido la violencia sexual hacia las cristianas perseguidas no está limitada a un solo país o área en concreto, sino que podemos ver que es algo que se repite independientemente del lugar.

A pesar de esto es necesario mencionar que la violencia sexual es una de las armas preferidas por el islamismo radical, en muchos casos junto con el matrimonio forzoso. En países como Nigeria las cristianas son secuestradas y en muchos casos violadas por los propios militantes de los grupos islámicos. En otros países del Norte de África, la Península Arábiga u Oriente Medio, son las propias familias de trasfondo musulmán las que ofrecen en matrimonio a sus hijas cristianas con el objetivo de que su marido las pueda enseñar y reeducar en el Islam. En este caso el matrimonio forzoso desemboca en una violencia sexual que puede desembocar a su vez en el repudio por parte del marido si esta no renuncia a su fe. Esto deja en una posición de vulnerabilidad extrema a la mujer que sería considerada como una vergüenza para su familia y que incluso podría enfrentarse a castigos por parte de las autoridades que van desde la reeducación hasta los latigazos e incluso la ejecución.

Es importante entender la cicatriz tan profunda que puede ocasionar esto la vida las víctimas, ya que la violencia sexual no es solo una forma de ataque que afecta a la mujer desde un punto de vista social o que restringe alguna de sus libertades, sino que causa que un profundo trauma psicológico y espiritual en sus vidas.

Según Elena Moiche, psicóloga especializada en trabajo con mujeres: "Son múltiples las consecuencias psicológicas de la violencia sexual en las mujeres. Por señalar algunas a corto plazo encontramos diferentes cuadros: pesadillas, falta de apetito, conductas autolesivas, consumo de drogas, miedo, culpa, vergüenza, ansiedad, etc. Cuando la víctima sufre esta agresión en un largo período de tiempo, se genera una indefensión aprendida, la cual se traduce en trastornos depresivos y ansiosos, conductas que en muchos casos genera intentos de suicidio. La agresión sexual daña todas las áreas de la víctima, de tal forma que para su recuperación es necesario un trabajo integral con la persona".

Este tipo de efecto tan destructor es muy difícil de sanar sin una intervención divina en la vida de estas mujeres. Puertas Abiertas lleva año ofreciendo apoyo psicológico y postraumático a mujeres cristianas víctimas de este tipo de violencia. Gracias al apoyo económico de millones de personas en todo el mundo estas mujeres pueden recibir herramientas y recursos con las que enfrentar sus traumas. Además, en su proceso de sanidad espiritual, su fe es fortalecida mediante el calor y el apoyo del resto de la Familia de Cristo en todo el mundo en forma de oración.

La violencia sexual causa un efecto destructor en la vida de estas mujeres, pero tú con tu apoyo puedes marcar la diferencia en sus vidas. Como compañero de oración transita ese camino hacia la sanidad y la recuperación emocional y espiritual con ellas.