Sri Lanka ocupa el puesto número 46 en la lista mundial de la persecución, siendo el extremismo budista el principal causante que existe en un país que trata de recuperarse de casi 30 años de una guerra civil principalmente causada por sus diferencias entre distintos grupos étnicos. Hace unas horas conocíamos que el estado islámico había asumido la autoría de estos atentados suicidas, aunque llegado a este punto deja de importar el causante y solo la relevancia de sus motivos. ¿Por qué hacen esto? Esta es la pregunta que se harán los heridos que han tenido la suerte de sobrevivir a esta tragedia de magnitudes catastróficas, también es la pregunta que se harán los familiares de aquellos que fueron asesinados simplemente por querer celebrar la resurrección de Jesús en aquel domingo de Pascua. ¿Por qué? Es definitivamente la pregunta que me hice al escuchar la noticia, pero quizás no con el mismo objetivo ni la misma duda. ¿Por qué se arriesgó la gente a participar en eventos públicos cuando sabían que estaban en peligro?

Cuando me hago esta pregunta siento vergüenza de forma inmediata, hasta llego a sentirme un “mal cristiano” por tener esa clase de dudas y valorar si de verdad ese sacrificio está justificado. Mientras todos se preguntan por qué alguien cometería tal atrocidad, yo, desde mi cristianismo cómodo, me pregunto por qué alguien celebraría de una forma tan visible la fiesta de pascua sabiendo que su vida está en peligro. Probablemente lo esté mirando desde una perspectiva puramente humana y pragmática (mientras mi parte más espiritual se revuelve ante estos pensamientos), pero no puedo evitarlo y la necesidad de encontrar una respuesta es aún mayor. Sri Lanka es uno país de los más peligrosos del mundo para ser cristiano, ¿acaso no es imprudente celebrar la pascua de una forma tan pública? Al final esta y otras preguntas relacionadas me llevan al corazón de la persecución, ¿Por qué la gente arriesga su vida por el evangelio?

Cuando escuchas historias de personas que han muerto por el evangelio no quieres sentirte menos. Piensas que llegados a una de estas situaciones extremas (dónde tu vida pende de un hilo) tomarás la decisión correcta, pero mi opinión es cuando decimos eso hablamos desde nuestra ignorancia más profunda. Hasta que no nos enfrentemos a una situación así y seamos forzados a elegir no sabremos lo que pasará y lo más probable es que nunca suframos algo así. Si el propio Pedro negó tres veces a Jesús, ¿es tan improbable que lo hagamos nosotros? Una vez situado en esta tesitura, intento entender a los millones de cristianos en tantos países del mundo que arriesgan su vida a causa de su Fe y llego a una conclusión:

Debido a las situaciones que viven, el entendimiento genuino del evangelio se hace evidente en sus vidas. Son testimonio vivo de la fuerza transformadora del Espíritu Santo en las personas. Sus ojos están puestos en el Reino de los Cielos y su objetivo es uno solo: Predicar el evangelio hasta lo último de la tierra. Respecto a esto ¿qué nos queda a nosotros, la iglesia libre que tiene la suerte de no sufrir persecución? La lección es clara, nuestros hermanos perseguidos son un ejemplo, sus vidas y sus acciones son enseñanzas de las que es necesario que aprendamos, pero no solo eso, está en nuestra mano apoyarles con nuestros recursos, pero sobre todo con nuestra oración, tal y como dice la Palabra:

“Y nuestra esperanza respecto de vosotros es firme, pues sabemos que, así como sois compañeros en las aflicciones, también lo sois en la consolación. (2ª Corintios 1:7)”

Compañeros en las aflicciones y en la consolación. ¿Cómo podemos ser compañeros de personas a las que quizás no conozcamos jamás? Mediante la oración constante y continuada, una oración informada que viene de una persona que de verdad se preocupa y quiere acompañar a los cristianos que pasan necesidad, doliéndose y sufriendo con ellos y ofreciéndoles consolación a través de la intercesión.

Cuando Dios cambia y transforma tu vida, te da un valor, un objetivo y una motivación para vivir de una manera que jamás podríamos haber imaginado. Esta manera de vivir es más importante que la vida en sí mismo y esto es algo que demostraron los cristianos de Sri Lanka. Celebrar el hecho más importante de la historia de la humanidad era más importante que su propia seguridad, la necesidad de alabarle, más importante que sus propias vidas. El pasado 21 de abril cientos de cristianos celebraban la resurrección de Jesús, celebraban la victoria de Jesús sobre la muerte y el pecado, una victoria que le costó su propia vida, y que tenía solo un objetivo, la redención del ser humano. El valor de este hecho es incalculable, algo que no podemos olvidar en el día a día de nuestra relación con Dios, pero lo más importante es que esta redención es accesible para todos, para nosotros, para los cristianos de Sri Lanka, pero incluso para las personas que planearon y ejecutaron el ataque, algo que choca frontalmente con nuestra idea de justicia humana, pero que se alinea con la gracia de Dios de forma perfecta. Ted Blake, Director de Puertas Abiertas, escribía lo siguiente en un artículo para el periódico La Razón:

“La fe cristiana es una fe de esperanza, de amor y de reconciliación. Los cristianos queremos seguir el ejemplo de Jesús viviendo de tal forma que los mismos que ponen las bombas para matarnos tengan la oportunidad de conocer la oferta de vida de Jesús y que ellos, como el apóstol Pablo, sean transformados de ser perseguidores de la iglesia a promotores del amor de Dios. “

Muchos de los cristianos perseguidos sufren persecución por parte de su propio país, de su comunidad local e incluso de su familia. Gracias a su fe y valentía cada uno de ellos es testimonio vivo de Jesús para sus perseguidores, cada uno de ellos puede ser utilizado por Dios para transformar la vida de aquellos que les procuran mal, y es esto por lo que se arriesgan día a día a pesar de la presión y el peligro pero de manera consciente y con los ojos puestos en el premio, la vida eterna, un regalo que trasciende nuestra muerte pero que exige un requisito: nuestra vida. Lo más probable es que nuestro camino no nos lleve a morir por ser cristianos, pero la realidad es que Dios nos pide el mismo nivel de fidelidad a todos. Debemos entregar nuestra vida a Cristo y vivir por Él, sin reserva alguna.

“Pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, para el Señor morimos. Así pues, sea que vivamos, o que muramos, del Señor somos. (Romanos 14 8-10)”