Cuando hablamos de dignidad hablamos del valor inherente del ser humano, simplemente por el hecho de serlo. Como cristianos, para nosotros este valor es obtenido desde el momento de la creación, ya que fuimos hechos a la imagen y semejanza de Dios. Además, este valor es reforzado por la muerte de Jesucristo en la cruz: “Cuando el hijo de Dios muere por nosotros nos hace dignos de nuevo delante del Padre. El precio tan alto que pagó nos da un valor incomparable”.

Sin embargo, aunque esto es cierto para todos, en la realidad muchos cristianos en contexto de persecución no se sienten valorados de esta manera. En algunas de estas regiones donde los cristianos son perseguidos, los cristianos son los últimos de la cola. Muchos son rechazados por sus comunidades o incluso sus propias familias, otros son obligados a vivir en aislamiento, lejos de otras personas. Algunos sufren castigos físicos o psicológicos, violencia, tortura, encarcelamiento en incluso el asesinato. Para los perseguidores los cristianos no tienen ningún valor ni dignidad, por lo que puede disponer de ellos como quieran.

El cristiano que sufre persecución y se enfrenta a esta serie de situaciones es probable que comience a aceptar el valor que le están imponiendo. Es posible que sienta que “ya ha perdido su dignidad”.

Este mismo era el caso de Emma, una cristiana de Kenia de trasfondo musulmán que se vio abocada a la pobreza cuando dio el paso de seguir a Cristo de forma pública. La situación de Emma no es que fuera extremadamente buena antes, ya que se casó joven y su marido la abandonó con dos niños a su cargo, lo que dejó a Emma sin posibilidad de sostenerse económicamente. La poca educación que había recibido también la dejaba sin muchas opciones, por lo que finalmente Emma comenzó a hacer trabajos muy mal pagados, como empleada de establecimientos, jornalera o asistenta del hogar.

Sin embargo, cuando Emma se hizo cristiana de forma pública le dieron el ultimátum: O su empleo o su fe. Emma, con lágrimas en los ojos, pero con determinación, abandonó su empleo, aún sabiendo lo que esto le iba a costar.

La situación de pobreza de Emma y sus hijos era extrema, su paso de fe le había dejado sin salidas. Sin embargo, gracias a la misericordia de Dios, Emma pudo entrar en contacto con un pastor de la zona, el cual no dudó ofrecer ayuda a esta cristiana. El pastor pidió ayuda a Puertas Abiertas y en colaboración pudieron capacitar a Emma y ofrecerle un micro crédito con el que montar un pequeño puesto de comida, con el que sacar adelante a su familia.

Según este pastor: “Ahora Emma no solo es capaz de pagar por el alquiler de su casa, sino que ha podido expandir su negocio. Estamos muy agradecidos por haber podido ayudar en la restauración de la dignidad de Emma”.

Emma había sido olvidada y rechazada por todos, pero este pastor que se encontró con ella y que le ofreció ayuda, le “devolvió” el valor y la dignidad que ella había perdido. Este pastor fue el medio que Dios utilizó para hacer su obra en la vida de Emma, pero no solo eso, sino que fue también la representación de todas las personas que colaboran con Puertas Abiertas e hicieron posible ese cambio radical en la vida de Emma.

Cuando nos acordamos de la Iglesia Perseguida, cuando oramos por ellos, cuando colaboramos con ministerios que les ayudan o cuando les apoyamos de forma económica, les estamos haciendo saber que no están solos. Les estamos recordando que a pesar de que les hayan quitado su “valor” para nosotros si son importantes y les estamos recordando el precio que pagó Jesucristo por ellos.