¡Levanta la voz por los que no tienen voz! ¡Defiende los derechos de los desposeídos![1]”.

Un principio básico del cristianismo es que todos han sido creados a imagen de Dios y, por tanto, tienen el mismo valor y dignidad. Aunque el concepto de Imago Dei se ha minimizado en la sociedad occidental, la universalidad de los Derechos Humanos, incluido el derecho a la libertad de pensamiento, conciencia y religión, sigue siendo fundamental. El valor y las libertades que nos ha dado Dios subrayan la importancia de defender el derecho de todos a una creencia de su elección, sea o no la misma que la nuestra.

Por tanto, según tengamos oportunidad, hagamos el bien a todos los hombres, especialmente a los que pertenecen a la familia de la fe[2]".  Como representantes de Cristo en la tierra, se nos ordena mostrar amor a todos los que encontremos, pero estamos especialmente conectados a nuestra 'familia' cristiana, nuestros hermanos y hermanas de todo el mundo. 340 millones de esos hermanos viven en países con niveles altos, muy altos o extremos de persecución y discriminación, esto es uno de cada ocho cristianos. Nuestras experiencias se entrelazan con las suyas a través de la persona de Jesús: compartimos las alegrías de los demás, llevamos las cargas de los demás: "si una parte sufre, todas las partes sufren con ella[3]".

La analogía de un cuerpo nos ayuda a comprender nuestras funciones específicas, vitales para el funcionamiento del conjunto. En muchos países, las voces de los cristianos han sido silenciadas o reducidas por la persecución y la discriminación; en otros, hay más libertad para expresarse. Los que vivimos en contextos más libres podemos ser sus labios, denunciando la injusticia y llevando las historias y las voces de nuestros familiares silenciados a los oídos de las personas influyentes. Por eso, Puertas Abiertas cuenta con un número creciente de personas que se dedican a la propugnación en todo el mundo, a nivel local, nacional e internacional.

Sin embargo, la defensa de los derechos no es sólo la labor de los que tienen ese título de trabajo en particular, sino de todos los cristianos. Estamos dándoles voz cuando planteamos la cuestión de la persecución cristiana en nuestro pequeño grupo, cuando firmamos una petición, nos unimos a una campaña, escribimos a un político... siempre que ayudamos a maximizar el espacio legal y cultural en el que los cristianos de todo el mundo pueden vivir su fe y llevar a cabo la Gran Comisión. Y al igual que la propugnación alienta y puede provocar un cambio para la iglesia perseguida, también puede inspirarnos y fortalecernos en nuestro camino de fe.

La Biblia no sólo nos da el mandato de la propugnación, sino también numerosos ejemplos de personas que la practicaron, como Daniel y Ester, a quienes Dios colocó en posiciones únicas para que pudieran influir en las personas influyentes de su tiempo. Jesús también nos inspira: nunca se privó de denunciar con valentía la injusticia, ya fuera reprendiendo a los prestamistas corruptos en el templo, denunciando la hipocresía de los fariseos o negándose a condenar a quienes eran juzgados con dureza por la sociedad. Sus medios nunca fueron violentos y no tenían por qué serlo. La lengua puede ser nuestra arma más poderosa. Jesús nos dejó su Espíritu Santo (''parakletos'', en griego: ''abogado'').

El Espíritu aboga en nuestro favor y nos capacita para abogar por los demás, habilitándonos con las palabras a decir. Así como Dios se lo prometió a Moisés, que se sentía poco capacitado para hablar en público, así nos lo ordena a nosotros: "¡Ahora vete! Yo estaré contigo mientras hablas, y te instruiré en lo que debes decir"[4].

Las palabras y el trabajo son sólo de Dios. El corazón del rey es como una corriente de agua dirigida por el Señor; él la guía hacia donde quiere.  Esto puede servirnos de estímulo cuando nos sentimos frustrados por la falta de frutos de nuestros esfuerzos de promoción. Los resultados están en manos de Dios. Cualquier iniciativa de incidencia política debe estar saturada de oración, pidiendo al Señor que dé a las personas influyentes oídos abiertos y corazones receptivos y compasivos para escuchar nuestro mensaje.

Tristemente, sabemos que la persecución continuará sucediendo en un mundo caído. Jesús advirtió: "Si me han perseguido a mí, también os perseguirán a vosotros[5]". Sin embargo, se nos ordena, como embajadores de Cristo, que nos esforcemos por la realización de su reino ''en la tierra como en el cielo''.  El abismo entre la libertad que vemos y la que buscamos nos hace estar inquietos. No podemos conformarnos con el statu quo y nos impulsa a "hacer el bien, buscar la justicia, corregir la opresión[6]".  Hablar en nombre de aquellos cuyas voces han sido silenciadas es una parte crucial de la tarea que Dios nos ha dado para trabajar en la transformación y restauración de un mundo roto.

[1] Proverbios 31:8-9

[2] Gálatas 6:10

[3] 1 Corintios 12:26

[4] Éxodo 4:12

[5] Mateo 6:10

[6] Isaías 1:17