Esta conexión encuentra su inicio en el embarazo. Al llevar al bebé en su vientre, las madres conectan con ellos de tal manera, que pensar en romper esa conexión parece imposible.

Por lo tanto, en un contexto de persecución, las madres se enfrentan a grandes dificultades en sus vidas. Puede que se vean enfrentadas con escoger entre la relación con sus hijos o su relación con Dios. No pueden mantener las dos. En otras ocasiones puede que tengan que escoger entre transmitir su fe a sus hijos y correr el riesgo de perder su vida o arriesgarse perder la vida eterna de sus hijos al no darles a conocer su fe.

Son decisiones que afectan lo más profundo de su ser, una conexión que parte de su interior y dura toda la vida.

Hea Woo es una cristiana norcoreana que descubrió la fe de su madre después de que ella muriera. Compartir la fe con los hijos en Corea del Norte es un acto que puede llevar a la persona directamente a un campo de trabajos forzosos o al pelotón de fusilamiento. Por lo tanto, la madre de Hea Woo nunca le habló de creer en Cristo. Le decía que dirigiera sus pensamientos hacia arriba, cuando tuviera problemas, para buscar ayuda.

No podía contarle que Dios escucharía sus oraciones. Declaraciones como ésta son demasiado peligrosas. Hea Woo no se encontró con Cristo hasta que salió de Corea del Norte en busca de comida. En China, se encontró con unos cristianos que le acogieron y le dieron cobijo. Ellos le llevaron a un encuentro con Él. Su madre murió sin saber cuál sería el destino eterno de su hija. Sin embargo, sembró las semillas que más tarde darían fruto en una vida entregada a Jesús que da testimonio de la grandeza de Dios por todo el mundo.

La historia de Hea Woo es una de victoria y nos consuela ver que el dolor en su vida produjo un fruto de paz y esperanza. Pero ¿qué pasa con las madres que son sometidas a matrimonios que no desean y de las que no se pueden escapar? Fátima conoció a Cristo por medio de una amiga cristiana de su instituto. Cuando sus padres descubrieron su fe, arreglaron un matrimonio entre ella y un musulmán de 40 años que le pondría las cosas claras.

Su marido la encerró en la casa hasta que ella aceptara volver al islam y abandonara su fe en Cristo. Se ha quedado sin contacto con otros cristianos y no puede salir de casa sin que alguien le acompañe. En el mejor de los casos, si su marido al final no consigue su vuelta al islam, se divorciaría de ella y la dejaría sola en la calle sin recurso alguno. Si tuvieran hijos, él tendría la custodia y no los podría ver nunca más.

No sé cómo reaccionará Fátima en esta situación. Su realidad es muy dura y la tiene vivir en la más absoluta soledad porque nadie en su entorno comparte su misma fe. Tiene que prácticamente escoger entre la vida y la muerte, seguir a Jesús y sufrir hasta que muera o negar a Jesús para dejar de sufrir en esta vida.

Mujeres como Fátima que se ven entre la espada y la pared y no tienen apoyo para tomar una decisión. Es prácticamente imposible llegar a ellas para darles el apoyo que necesitan. Solo podemos confiar que la semilla que Dios plantó en ellas permanezca y dé fruto.

Por otro lado, hay madres como Amina que, aunque son cristianas y han tenido un matrimonio feliz con un hombre cristiano, sus vidas han sido rotas por el asesinato o encarcelamiento de sus maridos. Amina perdió a su marido a manos del grupo terrorista Boko Haram. Un día entraron en su casa por la fuerza y le exigieron a su marido que abandonara su fe cristiana. Cómo él se negó, le mataron allí mismo delante de su esposa e hijos.

Amina se quedó al cargo de su familia, pero sin el sustento de su marido. Gracias al apoyo de otros cristianos, Amina pudo rehacer su vida y ayudar a sus hijos a mantener la fe en Cristo.

Sin embargo, su sufrimiento no terminó. Otro día, viajando de vuelta de un entierro, el vehículo en el que viajaba fue atacado por Boko Haram y ella acabó secuestrada por este grupo terrorista y tuvo que enfrentarse a la presión de los terroristas para que abandonara su fe en Cristo y se hiciera musulmana. No lo hizo porque tenía raíces profundas en Cristo y pudo soportar la presión. Unos meses más tarde fue liberada, gracias a negociaciones hechas a favor de ella y de las otras mujeres que le acomañaban.

Las historias de Hea Woo, Fátima y Amina nos ilustran de alguna manera, la dureza de las vidas de las madres en un contexto de persecución. Muchas de ellas son viudas o viven como si lo fueran. Santiago 1:27 dice: La religión pura y sin mácula delante de nuestro Dios y Padre es esta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones, y guardarse sin mancha del mundo. Cuidar a las viudas y a los huérfanos es una prioridad para Dios.

Por lo tanto, hoy quiero honrar a las madres que viven la persecución todos los días de sus vidas. Ya sea que sufran porque no pueden compartir su fe con sus hijos, o porque no pueden ejercer su fe sin represalias severas o porque su fe les ha arrebatado a sus maridos, Dios las tiene muy en cuenta y está con ellas mientras sufren en silencio. Muchas veces sin que nadie sepa lo que sufren.

En Hebreos 11, vemos la lista de todos los héroes de la fe que hicieron grandes hazañas por medio de la fe. Pero el autor llega a un punto en el que dice, que hay otros que no han visto esas grandes hazañas, al contrario, han sufrido terriblemente a causa de su fe. Declara, en consecuencia, que el mundo no es digno de ellos.

Estas madres que sufren persecución a causa de su fe son heroínas de la fe. No son conocidas, pero Dios las conoce y les dará su merecido reconocimiento ante su presencia y por toda la eternidad. La mejor forma de honrar a estas madres hoy es orando por ellas