En ciertos países, el contexto religioso afecta la percepción cultural de las personas. Esto se hace evidente en lugares donde la visión de la mujer queda relegada a una posición inferior a la del hombre, por lo tanto, ésta sufre de una situación de desventaja por su condición de mujer. Sin embargo, añadida a esta discriminación, cuando la mujer es de una religión minoritaria en el mismo país, ella sufre de doble vulnerabilidad. En este artículo, quiero contar la historia de Sonia, una niña, que a pesar de los obstáculos que tuvo que superar, ha llegado a ser una persona influyente en su comunidad, gracias al acceso a la formación.

Esta es la historia de Sonia:

"¿Por qué me has traído a este mundo tan duro, oh Dios? ¿Y por qué no me has quitado la vida junto con la de mis padres?". A sus 14 años, al final de sus agotadores días, Sonia solía hacerse esta pregunta en momentos de desesperación. Al final, apoyaba su cabeza atormentada en la almohada y dejaba que las lágrimas fluyeran. Un profundo sentimiento de inutilidad la acompañó durante toda su juventud.

La vida parecía una trampa para Sonia, una chica huérfana y analfabeta, que vivía en uno de los pueblos remotos del Alto Egipto. "Vivía en casa de mi hermano mayor. Fui su empleada doméstica después de que nuestros padres murieran en un accidente", cuenta Sonia. No tenía padres, ni dinero, ni educación, ni habilidades, ni posibilidad de una vida mejor. "Solía levantarme al amanecer y mirar por mi ventana pequeña y preguntarme si alguna vez ocurriría un milagro. Si hubiera alguna esperanza de cambio que endulzara de algún modo mis días duros y amargos, que pasaba limpiando la casa y cuidando a la gente y a las vacas".

Anhelando la paz, suspiró. "Solía mirar a unas pequeñas cabras y gansos que siempre veía comiendo hierba tranquilamente junto al pequeño canal que pasaba cerca de la casita de adobe de mi hermano. Siempre había admirado la sencillez de la vida de estas criaturas. Al fin y al cabo, no tienen obligaciones ni responsabilidades de las que preocuparse".

Pero no sabía que la mayoría de los milagros llegan de forma lenta, silenciosa e inesperada.

El rostro de Sonia se ilumina cuando cuenta "el milagro". "Una joven de un programa de alfabetización cristiano vino a abrir una nueva clase de alfabetización en nuestra iglesia. Quería enseñar a las mujeres y a las niñas habilidades básicas de lectura, escritura y matemáticas. Ya había oído hablar de esta clase y la esperanza se despertó en mi interior. Era algo diferente que pensaba que podría cambiar mi vida".

Pero la cuñada de Sonia, temiendo perder la ayuda barata, se opuso. "Lo consideró una pérdida de tiempo que me alejaría de las tareas de la casa. Le supliqué y lloré durante un mes entero y, finalmente, mi hermano accedió a dejarme ir. Por supuesto, tuve que prometer que trabajaría más y durante más tiempo para ponerme al día con las tareas de la casa".

Sonia no era el estudiante más brillante, pero seguramente fue una de las más decididas de su pueblo y su persistencia acabó dando sus frutos. Ir a la clase de alfabetización en la iglesia local era la actividad insustituible que esperaba con ilusión cada semana. " Lo que realmente me atrajo de estas clases fue el compromiso de la profesora porque transmitía amor y compasión. Cada semana se desplazaba a nuestra aldea remota para ayudarnos a ver nuevos horizontes. Utilizaba un plan de estudios basado en pasajes e historias bíblicas."

Tras dos años de clases semanales y de realizar muchas tareas en casa, Sonia aprobó el examen final y recibió su deseado certificado de alfabetización básica. Fue su primer y más significativo logro en su vida. Con el certificado de alfabetización en sus manos y sonrió para la foto del día de su graduación. Había recuperado su autoestima y valor como persona.

Si bien el certificado de alfabetización fue un gran logro para Sonia, la verdadera experiencia que cambió su vida fue cuando conoció al Señor como su salvador personal durante una conferencia para estudiantes de alfabetización. El amor de Cristo le curó las heridas y le dio un sentido de dignidad. Veía la vida con otra perspectiva y con una nueva esperanza para vivir para el Maestro. Al poco tiempo de su conversión, empezó a asistir a varios grupos de discipulado e incluso inició uno en su iglesia local para chicas adolescentes. Ahí, les hablaba del amor de Cristo y oraba y adoraba con ellas. Además, estaba dispuesta a compartir su testimonio con muchas mujeres y niñas de su iglesia.

Sonia también aprendió a tejer en uno de los talleres de capacitación de mujeres que ofrece el mismo ministerio que le enseñó a leer, y no tardó en ponerse a hacer bufandas, jerséis y ropa de bebé para obtener ingresos y conseguir así cierta independencia económica de su hermano. "Pero mi sueño fue creciendo", dice Sonia. "Decidí poner en marcha una clase de alfabetización básica para mujeres y niñas de mi pueblo. Con la esperanza de ayudar a otras personas a capacitarse para cambiar sus vidas como lo hice yo. Me apunté a un curso de formación para capacitarme para enseñar". No le resultó fácil completar la formación y superar las pruebas correspondientes. Sin embargo, con mucha persistencia, aprobó el examen en su segundo intento y finalmente consiguió su objetivo, abrir una clase de alfabetización básica para las mujeres de su pueblo.

Ya han pasado varios años. La joven, que antes se veía como una niña despreciable de catorce años, es ahora una líder comunitaria respetada. Todavía sueña con ampliar sus estudios. Sigue luchando por sus sueños mientras su hermano trata de organizarle un matrimonio, alegando que es demasiado mayor para empezar a estudiar y quedarse soltera. Para él, como para todos los hombres de su pueblo, las mujeres sólo sirven para casarse jóvenes, tener hijos y pasar toda su vida al servicio de sus maridos e hijos.

Pero Sonia pone a Dios en el primer lugar de su vida. "Sé que el Señor tiene algo maravilloso reservado para mí. Mi vida le pertenece, y me asombra lo que está haciendo con ella. No veo la hora de vivir nuevas aventuras con Él".