¿Qué puedo hacer ante algo imposible de afrontar?

Esta es, precisamente la pregunta que se hizo el Hermano Andrés, recién graduado se sus estudios de preparación para la obra misionera. Fue a Polonia a ver la situación de los cristianos allí.

Estando a punto de acabar su visita a Polonia, se sentó en un banco en un parque meditando, con el Nuevo Testamento en la mano, sobre todo lo que había visto esos días. Ese fue el momento en que sus ojos se centraron en Apocalipsis 3:2, “Despierta! Reaviva lo que aún es rescatable”. Esas palabras sirvieron de llamada de Dios para servir a los cristianos que sufren persecución.

¿Qué puede hacer un hombre solo, sin recursos, sin una organización detrás, sin nada más que su propia vida ante una necesidad tan inmensa?

El Hermano Andrés no lo sabía, pero Dios lo había estado preparando de una forma especial para el encargo que le iba a dar.

Él ya se había comprometido con Dios a ser un misionero, pero no sabía ni en qué lugar ni de qué manera. Sólo sabía que tenía que ir. Sabía que necesitaba formación para cumplir con su misión y encontró un lugar en Reino Unido que se lo daría.

Para entonces, había aprendido a escuchar la voz del Espíritu Santo y obedecerle.

Con el billete en la mano para hacer el viaje de Países Bajos a Reino Unido, le ocurrieron tres cosas seguidas. Su novia le escribió una carta diciéndole que, si seguía con sus planes, ella cortaba con él. La persona que, en teoría le estaba enseñando inglés, le confesó que no sabía hablar el idioma. El último golpe fue el más duro, la escuela le mandó una carta diciéndole que no había espacio para él ese año y le animaban a presentarse el año siguiente.

Esa voz que había aprendido a oír y a obedecer, le dijo que se fuera de todos modos. Estaba aprendiendo tres cosas: a oír la voz del Espíritu Santo; a obedecer al Espíritu Santo, aunque todas las circunstancias le indicaban que no era oportuno hacerlo; y a no dejar que las circunstancias fueran un obstáculo para su obediencia.

 Lo que esperaríamos es que su obediencia fuera premiada con un ingreso inmediato en la escuela donde quería prepararse para las misiones. No fue así. Lo primero que se encontró fue la misma negativa que recibió por carta, no había lugar para él en el centro de formación. Sin embargo, había una oportunidad para él. Podía quedarse y trabajar. Aprovechó la oportunidad para trabajar y aprender inglés de verdad.

Al poco tiempo fue invitado a quedarse en la casa de unos creyentes ingleses. Era una pareja extraordinaria. El marido era contratista de obras que tenía una convicción especial. Aunque ganaba mucho dinero, él tenía que vivir con lo justo y dar el resto a la obra de Dios.

Su casa estaba abierta las 24 horas del día para recibir a gente necesitada y para darles cobijo.

El día que el Hermano Andrés llegó a esa casa, la esposa le explicó cómo se vivía en su casa y le dijo que no se asustara si una noche llegara a casa para encontrar su cama ocupada y que tendría que hacerse una cama en el suelo frente a la chimenea. Una semana más tarde se dio cuenta de que la mujer no estaba bromeando.

Vivió con este matrimonio durante varios meses en los cuales su casa siempre estaba abierta para el necesitado, sea quien fuere y en la condición que estuviera.

Ellos proveían para sus necesidades. Aunque no de la forma que podríamos imaginar. El matrimonio vivía con el 10% de los ingresos del marido. El 90% lo entregaban a la obra misionera. Vivían con lo justo para cubrir sus necesidades. Ellos ayudaban a los necesitados con lo que Dios les daba de otra forma. En ocasiones podrían ser personas que habían pasado un tiempo en su casa, en otras, podrían ser amigos enviándoles una carta, etc. Ellos siempre esperaban la provisión de Dios para cubrir las necesidades de sus huéspedes.

El Hermano Andrés vivió una fe viva puesta en práctica en esa casa y su segunda parte del aprendizaje de la fe fue el seminario de WEC. El objetivo de este seminario era preparar a los alumnos para confiar en Dios.

Una de las actividades que tenían que realizar era un viaje misionero de cuatro semanas. Se les entregaba una Libra Esterlina al comienzo del viaje y tenían que hacer toda su labor evangelística con el dinero que recibieran durante su viaje y volver con una Libra para entregarla a la escuela. No podían compartir sus necesidades con nadie. Tenían que confiar en la provisión de Dios.

Él viajó con un grupo de cinco jóvenes. Ellos establecieron un principio para su viaje. De todo lo que recibieran, iban a dar el diezmo. A veces recibían dinero, y otras en especie. Querían dar el diezmo dentro del plazo de 24 horas siempre que fuera posible. No querían quedarse con ese dinero o género más tiempo como un acto de fe. Dios bendijo su fe. Al final de su viaje, volvieron con 10 Libras que dieron para la obra misionera.

Dios puso la fe del Hermano Andrés a prueba en numerosas ocasiones durante los dos años que pasó en el seminario.

Así que, cuando se encontraba en ese banco en un parque en Varsovia viendo un desfile de los jóvenes comunistas cantando las glorias del comunismo, pensando en cómo podría él solo hacerle frente a la necesidad de la iglesia con un oponente tan poderoso como el que tenía en frente, todavía no sabía que Dios le había enseñado a confiar en Él y a obedecerle.

Sesenta y seis años después, Puertas Abiertas está presente en más de sesenta países impactando la vida de más de tres millones de cristianos en todo el mundo. El problema de la persecución persiste y sigue creciendo, sin embargo, millones de vidas han sido fortalecidas porque un hombre escogió obedecer la voz de Dios.

No sé lo que Dios puede hacer con mi obediencia. La realidad es que no tiene tanta importancia lo que pueda hacer conmigo. Lo que importa es que haga lo que Él me ha diseñado para hacer. El Hermano Andrés fue diseñado por Dios para levantar un movimiento mundial. Ese día en Varsovia, no tenía ni la más remota idea de lo que Dios iba a hacer por medio de su vida. Pero obedeció.

Su vida me inspira a aprender a escuchar la voz de Dios y a aprender a obedecer, sean cuales sean las circunstancias. Los resultados dependen de Él.  Quizá, en la eternidad, pueda saber hasta qué punto mi vida sirvió de bendición para otras.