El pasado martes 1 de octubre se conmemoró el 70º aniversario de la república popular china. En solo un año, el país ha escalado desde el puesto 43 de la LMP 2018 hasta el 27 de la LMP 2019. El aumento de la persecución es evidente y no es ningún secreto. Los medios de comunicaciones convencionales se han hecho eco de las medidas tan duras que el estado chino están aplicando sobre los cristianos y las iglesias. Algunos analistas advierten que China está volviendo a utilizar las técnicas de represión de la Revolución Cultural.

Aunque en los últimos años el país había bajado algunos puestos en la LMP esto no se debía a que la persecución fuera menor, sino a que la de otros países era mayor. Sin embargo, en febrero del 2018 el gobierno de China empezó a aplicar de forma sistemática y continua el Acta de Derechos Religiosos, una seria de regulaciones que hasta la fecha solo se aplicaban de forma esporádica.

Bajo esta serie de decretos, los pastores y las iglesias deben hacer y obedecer en todo a las autoridades, circunstancia que estos han aprovechado para exigir cosas como que la bandera ondee más alto que la cruz, que el himno del país se cante antes de las reuniones e incluso que los símbolos religiosos se sustituyeran por fotografías del presidente XI Jinping. En resumen, la influencia del partido comunista sobre las iglesias ha pasado de ser puramente de supervisión a la de una “guía activa”.

En la práctica, los líderes de las iglesias son obligados registrarse en el organismo estatal competente y seguir al pie de la letra las directrices definidas por las autoridades o podrían enfrentarse al cierre de sus congregaciones. Sin embargo, las complicaciones para registrarse son cada vez mayores por lo que muchas iglesias se ven obligadas a cesar con sus actividades. Muchos dueños de los edificios donde los cristianos se reúnen son presionados para dejar de alquilar su propiedad a cristianos y en muchos edificios los inspectores de seguridad se dedican a multar a las iglesias por supuestas irregularidades, todo esto para frustrar a la congregación, perjudicarla a nivel económico e impedir su crecimiento. Los misioneros y trabajadores en el ministerio extranjeros son deportados y forzados a salir de China bajo la sospecha de “actividades misioneras”. La vigilancia cada vez es mayor y los pastores tienen que ir a comisaría cada dos semanas para realizar informes de todas las actividades de la iglesia. El material cristiano es requisado dentro de las propias iglesias, y muchos símbolos como cruces, versículos en las paredes o motivos decorativos son eliminados. En casos extremos los edificios son demolidos al completo.

A pesar de todo esto, el mover del evangelio es mucho más poderoso que cualquier autoridad o pensamiento político. Ante el cierre de muchas iglesias de cientos e inclusos miles de miembros, los cristianos han decidido reunirse en las calles, en parques, en plazas y casas, en numerosos grupos más pequeños. A pesar de la persecución la mayoría de los cristianos de China creen que la iglesia seguirá creciendo y que hará que los cristianos se comprometan aún más con Cristo y el evangelio.