Azamat, hoy en sus cuarenta y con dos hijos adolescentes, es uno de los líderes de la iglesia clandestina de Uzbekistán. Se convirtió a principios de los 90, justo después de la disolución de la Unión Soviética y de la consecuente independencia de Uzbekistán, cuando Dios le sanó de un gran dolor de estómago. Desde entonces, Dios le ha usado para iniciar una red de grupos de hogar y un ministerio de niños muy activo, pero ilegal.

“Era musulmán, pero tenía algunos amigos cristianos que habían sido musulmanes, y que al principio habían sido como yo (bebían y fumaban)”, nos cuenta Azamat, y continúa: “pero cambiaron cuando conocieron a Cristo. Cuando me invitaron a una fiesta, decidí ir por curiosidad, y también porque mis padres me lo permitieron, habiéndome advertido antes, eso sí: ‘No te unas a su secta’. Poco sabían ellos, y yo, de lo que iba a ocurrir”.

En los primeros años de independencia de Uzbekistán, era un lugar mucho más libre que ahora, pero hoy solo se le permite ser cristiano a la gente que no es uzbeka. Por lo tanto, un uzbeko que va a una reunión cristiana, aunque sea una fiesta de Nochevieja, queda expuesto a un gran peligro. Según narra Azamat, en la fiesta había niños y adultos de trasfondos muy diferentes: rusos, alemanes y algunos uzbekos. La gente cantaba villancicos y recitaba poemas. También se oró y Azamat pudo sentir la presencia de Dios, como si Él le estuviese tocando. “Después de la reunión quise saber más sobre Dios, pero no fui a buscarlo a la Biblia. Al fin y al cabo, era musulmán, así que, en vez de eso, lo que hice fue aprender más sobre las oraciones musulmanas”.

Azamat tenía una enfermedad estomacal que le producía terribles dolores. Cuando asistió a la fiesta de Nochevieja, los cristianos oraron por él. “No sentí ninguna diferencia en ese momento. Al día siguiente fui al médico y durante una semana me hicieron un montón de pruebas. Después el doctor me llamó para darme los resultados y me regañó por ser perezoso diciéndome: ‘Estás perfectamente sano, solo querías una excusa para no ir a trabajar’. Cuando volví a casa, no supe qué hacer. En mi corazón sentía a Dios decirme que Él me sanaría, y confié en esa voz. Los dolores de estómago se fueron y esa misma noche acepté a Cristo. Como no sabía nada sobre la fe cristiana, le pedí a Dios tres cosas: ‘Por favor, sáname, ayúdame a saber más de ti, quiero servirte’. Esa fue toda la oración”.

“¿Cómo has podido permitirle convertirse en un kafir?”

Los primeros meses de su conversión, Azamat escondió en secreto su conversión y también su Biblia, hasta que asistió a una conferencia cristiana tras la cual, y yendo de camino a casa, unos delincuentes le robaron y tuvo que confesarlo en casa: “no tuve más remedio que decirles dónde había ido y qué me había pasado. Decir que mis padres no estaban contentos es quedarse corto. Ellos mismos fueron acosados también. Nos insultaban y tiraban piedras hacia nuestra casa. En una ocasión una amiga de mi abuela llamó a la puerta gritando y, una vez dentro, le dijo a mi madre: ‘¿Cómo has podido permitirle convertirse en un kafir?’. Esto enfadó tanto a mi madre que hasta me defendió. La señora ya falleció hace unos años, desgraciadamente, pero dos de sus hijos y dos nietos son hoy miembros activos de nuestra iglesia”.

Después de convertirse, Azamat se unió a la iglesia de sus amigos. Sin embargo, los alemanes decidieron volver a su país y la iglesia de Azamat quedó diezmada: “Ibamos tres señoras mayores, siete adolescentes y yo. Solían venir también tres estudiantes, pero ahora están en el seminario. Comenzamos a orar para que Dios llamase a alguien que nos dirigiera. Teníamos una persona ya en mente, pero queríamos la confirmación de Dios”.

Y Dios también tenía a alguien ya en mente, y no era uno de los estudiantes del seminario. “Una señora me dijo que Dios le había dado una visión en la que había visto un círculo donde estaba el líder que teníamos, y vio cómo salía del círculo y cómo yo entraba después de él. A partir de la visión, decidimos que no íbamos a orar más por el líder por el que estábamos orando y comenzamos a preguntarle a Dios si era yo la persona indicada. Lo confirmó y me convertí en el pastor, aun sin tener ninguna educación bíblica formal. Y la iglesia creció hasta sobrepasar las cien personas”. 

Los ‘ojos que todo lo ven’ en Uzbekistán

Los ‘ojos que todo lo ven’ de los aparatos de control del Gonierno uzbeko empezaron a detectar algo, y la iglesia pasó a estar en el punto de mira. Durante un culto, justo en ausencia de Azamat, la policía y otros agentes de seguridad interrumpieron la reunión y les interrogaron sobre quiénes eran y qué hacían allí. Al día siguiente Azamat fue a la polícia para ver qué había pasado. La asistente del jefe de policía le dijo: “He cerrado trece mezquitas, y voy a cerrar también tu iglesia”.

“Me hacían responsable y me decían que alguien tenía que ser castigado”, recuerda Azamat, y añade: “Me obligaron a escribir un testimonio sobre mi iglesia y sobre por qué nos reuníamos. Supe que era una trampa. Tan pronto como escribiera algo sobre papel, la policía iba a usarlo en mi contra en una corte. Así que me negué. Los interrogatorios que me hacían solían durar desde las dos de la tarde hasta las diez de la noche. Querían saber cosas como la frecuencia con que nos reuníamos, la asistencia a las reuniones, los temas tratados, etc. Me amenazaron con meterme quince días en prisión, que al final no cumplieron. Pero eso sí, nuestra iglesia quedó excluida de la legalidad y, por tanto, oficialmente cerrada”.

Secuestrado y apaleado

Ante tal panorama, Azamat y otros líderes de la iglesia decidieron reunirse en grupos pequeños en casas. Pero la policía no había olvidado su testarudez y, un día, poco después de que la iglesia fuese declarada legalmente cerrada, mientras Azamat iba de camino a casa, un coche negro se paró a su lado. Aunque esperaba que bajaría la ventanilla para preguntarle por alguna dirección, lo que ocurrió fue que se abrió la puerta de atrás. “Qué raro...”, pensó Azamat. Y, de repente, un hombre vino por detrás y lo empujó dentro del vehículo, algo que ocurrió tan deprisa y con tanta fuerza que no tuvo ninguna oportunidad de resistirse.

“No tenía ni idea de lo que iba a pasar. El miedo me paralizó, aunque intenté aparentar tranquilidad y hasta les pregunté dónde me llevaban. No contestaron”. El coche siguió como un kilómetro más, después paró, y los hombres le llevaron hasta donde estaba otro conductor cercano. La calle desierta, los árboles tapando a aquellos hombres, y el viento ahogando los gritos de Azamat mientras recibía golpe tras golpe.

“¡Lo sabemos todo!”, le gritaron. “¡No lo has entendido: tienes que parar tu trabajo! ¡Piensa en tu mujer y en tus hijos! ¡Algo mucho peor va a pasar! Azamat se protegió colocando sus brazos alrededor de su cabeza: “No podía hablarles. Todo me dolía demasiado. Sentí tanto miedo y odio que deseé que bajara fuego del cielo sobre ellos. Me pegaron y me dieron patadas durante siete minutos, solo siete, pero fueron los siete minutos más largos de mi vida. Después se marcharon. Me levanté como pude y regresé caminando a casa”.

Cuando llegó, no había nadie. Y allí, sentado en el césped bajo un árbol, se derrumbó: “Fue una explosión de emociones, no me pude controlar… Aquel mes que tan estresante había sido… y ahora me pasaba esto. Cuando mi mujer y mis hijos llegaron, no les dije nada, aun mi mujer no sabe nada de lo ocurrido ese día, no quiero que entre en pánico. Esta historia solo la conocen unos pocos líderes de mi iglesia”.

Entre ellos hubo respuestas muy variadas. Algunos se asustaron tanto que dejaron la iglesia, a otros Azamat les dijo que se marcharía a Rusia durante unos meses, pero ellos no querían que “el barco quedara sin capitán” en un tiempo de difícil transición desde haber sido una iglesia legal a ser clandestina. Y Azamat decidió escucharlos: si buscaba refugio en otro país, aunque fuera solo por unos meses, tenía que explicarle a su mujer todo lo ocurrido, y para eso no estaba aún preparado. Así que dejó el país solo por una semana y luego volvió a sus deberes pastorales como siempre. Fue entonces cuando ocurrió algo tan maravilloso que Azamat ha estado esperando para contarlo a todos sus hermanos y hermanas del mundo.

Un nuevo reto: los niños

Cuando la iglesia de Azamat era aún legal llegó a perder a muchos de los adolescentes porque no se sentían parte de la iglesia. Así que, cuando la iglesia fue declarada ilegal, el pastor comenzó a crear grupos de hogar para niños, adolescentes y jóvenes: “Los dividíamos por edades y teníamos maestros para ellos. Empezábamos con juegos para romper el hielo y luego había estudios bíblicos adaptados a cada nivel. A veces veíamos películas cristianas y charlábamos después sobre ellas, algo que gustaba mucho a los niños. Con todo, pudimos ver cómo crecían en su fe”.

Pero enseñar de esta forma está prohibido en Uzbekistán: “El servicio con los niños es mucho más peligroso que el de los adultos, pues ni siquiera las iglesias legales pueden tener escuela dominical: pueden tener clases donde los niños ven dibujos animados o hacen manualidades, pero nada religioso”.

Azamat y los miembros de su iglesia quieren que sus hijos sepan que ellos son cristianos, pero esto es muy peligroso para ellos y para los padres especialmente: “En la escuela, los profesores les preguntan si sus padres leen el Corán o la Biblia en casa, si oran y cómo lo hacen, si van a la mezquita o a una iglesia. Y si algo tiene pinta de ser cristiano, se les anima a los niños a denunciar a sus propios padres. Así que cuando estos les enseñan a sus hijos algo sobre el cristianismo, no solo tienen que enseñarles sobre Jesús, sino también sobre seguridad: ¿qué puedo decir y qué no? Mi propia hija adolescente no sabe que soy pastor; aún no puedo poner esa carga sobre ella”.

Azamat necesita nuestras oraciones: “Por favor, orado por mi salud. Tengo dolores de cabeza a menudo y necesito ser operado porque no puedo respirar adecuadamente. Mi mujer también necesita ser sanada. Le duelen las articulaciones”. Azamat confiesa que muchos de los problemas de salud que padece se deben al estrés que sufre por la situación de su iglesia y su servicio a Dios, pero es totalmente consciente del poder de Dios y de cómo es capaz de usar la oración de hermanos y hermanas en todo el mundo, tal y como nos dice: “Decid a las personas que oran por nosotros que sentimos sus oraciones. A veces, cuando atravieso una situación difícil, pienso: ‘este es el fin’. Pero, de repente, siento que Alguien cuida de mí. Y sé que en ese momento hay alguien orando por mí”.