A mediados de junio Turquía lanzaba la operación “Garra de Tigre”, cuyo objetivo principal era provocar la huida de los militantes del “Partido de los trabajadores de Kurdistán (PKK por sus siglas en inglés)”, el cual se encuentra en la región fronteriza con Irak. Turquía ha acusado al PKK de usar esta zona montañosa y remota para lanzar ataques dentro de su territorio.

El conflicto, que se extiendo a lo largo de décadas, ha dejado aldeas desiertas y miles de personas viviendo en campos de refugiados. En esta ocasión Turquía se ha adentrado profundamente en territorio iraquí, unos 30 km, mediante el uso de ofensivas aéreas y terrestres y estableciendo puntos de control en las montañas. Hasta ahora se han contabilizado 5 civiles muertos debido al fuego cruzado.

Aquellos que huyeron en 2014 debido a la invasión del Estado Islámica vuelven a temer por sus vidas.

“Debemos enfrentarnos a problemas muy serios de nuevo. Una y otra vez, volvemos a estar inmersos en esta espiral de dolor e incertidumbre que nos deja sin respiración y aplasta nuestros espíritus bajo el peso de la duda y la preocupación”, declaraba el Patriarca Louis Rafael Sajo, líder de la iglesia católica caldea después de que lugar de nacimiento, la ciudad de Zakho fuera bombardeada.

Muchas de las aldeas cristianas de la frontera han sido afectadas también, tal y como nos cuenta una fuente local: “Las familias cristianas han dejado sus aldeas temiendo que la situación empeorara. Alguien de la aldea de Merjeka me ha contado que al menos 90% de las familias cristianas han dejado sus casas”.

“Los misiles lanzados por el ejército turco explotaron cerca de la ciudad de Bersev, lo que obligó a 10 o 15 familias cristianas a huir”, comentaba un sacerdote católico caldeo.

Los gobiernos regionales tanto de Irak como de las zonas Kurdas han demandado que Ankara retire sus tropas y cese el ataque de inmediato.