Ese Rita Oruru tenía 13 años cuando fue secuestrada de su casa en el estado de Delta, al sur de Nigeria, en agosto de 2015.

Su secuestrador, Yunusa Dahiru, era uno de los clientes de la tienda de ultramarinos de su madre. Este hombre se la llevó al estado de Kano, al norte del país y la forzó a casarse con él y a cambiarse de religión.

Una campaña social, organizada por la agencia de comunicación “Punch” llevó finalmente a la liberación de la chica en febrero de 2016. Rita estaba embarazada de 5 meses y más tarde ese año dio a luz a una niña.

El pasado 21 de mayo, las Cortes Federales de Yenagoa, en el estado de Bayelsa, sentenciaron a prisión a Dahiru bajo cargos relacionados con el tráfico de personas y acoso sexual. No se sabe a ciencia cierta si trata de una sentencia o de varias, por lo que dependiendo de esto su tiempo en prisión podrá variar entre 5 y 26 años.

Rita no es más que un ejemplo de los cientos de casos de niñas secuestradas en Nigeria. Una problemática que lleva mucho tiempo siendo una causa de preocupación para las autoridades y las organizaciones humanitarias.

El matrimonio forzoso y la violencia sexual son además puntos de presión específicos que sufren las mujeres cristianas no solo en Nigeria sino en multitud de país donde la persecución está presente, tal y como muestra el último análisis de la Lista Mundial de la Persecución 2020.