Shiden*, tumbado en su cama, mira al techo.  Está amaneciendo y escucha a los pájaros cantar y despertar a Asmara, la capital de Eritrea.  Estos sonidos tan familiares antes solían producirle una gran ilusión y gozo, pero ya no. De hecho, como muchas otras noches, ha estado despierto durante horas sin apenas dormir, por estar luchando hora tras hora contra el desánimo que lo envuelve.

También oye a su anciana madre levantarse suspirando y gruñendo a medida que sus rodillas le recuerdan que debe ir más despacio. Después de todo, ya no tiene 20, ni 40, ni siquiera 60 años.  Y tener que ocuparse de Shiden está siendo muy agotador para su cuerpo envejecido.

Y ahora Shiden huele el aroma de café recién tostado y molido, mezclado con el tan familiar olorcillo de especias para freír el “injera fit-fit” (un pan plano hecho de masa fermentada frita con cebolla, tomate y especias) que su madre prepara para el desayuno. Pero no tiene ninguna prisa por levantarse. Se da media vuelta, mira a la pared y lanza un suspiro de fatiga.  Desearía simplemente tener más ánimo, pero desde que salió de prisión la oscuridad se ha vuelto más y más densa.

Shiden se convirtió al terminar su adolescencia, después de ver cómo el Evangelio había cambiado a su hermano mayor, John*. Su padre lo había echado de casa al enterarse de que había dejado su religión, y nunca le permitió volver. Después de que “baba” muriera, John regresó a casa y pronto descubrió, para su alegría, que Shiden también había decidido seguir a Cristo.

Shiden sabía que ésta era una decisión peligrosa, no solo porque la sociedad era sumamente recelosa hacia los cristianos sino porque el Gobierno encarcelaba a los que practicaban otra religión distinta al islam; y las historias de los sufrimientos de los que estaban encarcelados eran espeluznantes. Pero Shiden había calculado los costes meditadamente y estaba dispuesto a pagar el precio por la libertad en Cristo. Y La prueba llegó pronto.

13 años encarcelado por su fe

Un día durante su servicio militar, cuando tenía unos 20 años, fue sorprendido junto a otros 40 cristianos adorando a Dios en secreto. El grupo fue arrestado y llevado a una prisión militar al sur de la ciudad portuaria de Assab, un lugar terrible ubicado en el desierto con mucho calor por el día y mucho frío por la noche.

Dos años después fue trasladado al conocido campo de prisioneros Mai Serwa, a las afueras de Asmar, donde compartía un contenedor de envío de metal con otras 30 o 40 personas. Los prisioneros sólo disponían de diez minutos al día para ir al baño, que era un arbusto cercano en el que tenían que hacer sus necesidades bajo la atenta mirada de los guardias y cuya falta de higiene provocaba brotes frecuentes de diarrea. Era algo espantoso.

Los guardias se burlaban de Shiden diciéndole: “¿Por qué no abandonas esta religión tuya? “No voy a abandonar mi fe en Cristo porque creo en Él y vivo lo que creo”, dijo él. “He servido a este país fiel y honestamente durante mi servicio militar; cuando me enviásteis a trabajar al campo, fui sin quejarme. Pero mi fe es cosa mía, y tenéis que respetarlo. Pero si no lo hacéis, estaré dispuesto a pagar por ello”. Como consecuencia lo aislaron seis meses, y luego volvieron a llamarlo. Le trajeron un papel y le dijeron que tenía que elegir entre: “creo” o “no creo”. Él escogió: “creo”. Y les dijo: “No voy a abandonar esta religión. Así que, si por esto vais a dejarme en la cárcel, me da igual”.

Poco después lo trasladaron a una prisión en Barentu, a 250 km al oeste de Asmara, donde continuó recibiendo castigos severos a causa de su fe durante los siguientes diez años. A menudo le confinaban durante periodos de seis meses a estar solo en una celda tan pequeña que no podía ni estirar los brazos ni ponerse derecho. Hasta que de pronto, un día, lo liberaron y lo volvieron a mandar al servicio militar.

Los líderes de la iglesia local nunca lo vieron como una verdadera liberación ya que los cristianos en Eritrea viven como prisioneros. Para Shiden la situación tampoco había cambiado mucho ya que era vigilado constantemente para descubrir de qué hablaba con otros, si oraba, si tenía una Biblia...

No pasó demasiado tiempo sin que los espías descubrieran que Shiden poseía unos cuantos fragmentos de la Biblia que solía esconder bajo su manta y Shiden volvió a ser recluido en solitario tres meses. Una vez al día recibía una taza de té y una rebanada de pan a través de un hueco en la puerta. Shiden dudaba de que alguien supiera el estado en el que se encontraba.  Fue una experiencia horrible, posiblemente la gota que colmó el vaso. Para poner peor las cosas, sabía que algunos de sus amigos habían logrado escapar del confinamiento y habían pasado la frontera.

Liberado, pero no de los recuerdos de prisión

Después de trece años en prisión, un día, Shiden fue enviado a casa sin ninguna explicación. Su familia estuvo encantada de tenerlo de vuelta y lo colmaron con toda clase de atenciones y cuidados, pero también se daba cuenta de que algo andaba mal. Shiden compartió con John fragmentos de lo que había pasado: los detalles lo dejaron llorando como un niño. “Estaba muy orgulloso de él por no haber negado a Cristo durante todos esos años. Pero no podía creer el terrible sufrimiento por el que había pasado”.

Con el paso de los días, la familia se dio cuenta de que, después de tantos años en la cárcel, volver a la normalidad no era ni fácil ni la mitad de alegre de lo que habían esperado. Y no estaban preparados para eso. Nadie imaginó que la victoria de salir de prisión con la fe intacta arrastraría con ella esta desesperanza tan devastadora que sentía Shiden por dentro.

Shiden había ingresado en prisión en el mejor momento de su vida y había salido después de los 30. A pesar de haber superado tanto sufrimiento, se encontró con que había perdido la posibilidad de formarse y, por tanto, de tener un trabajo que le permitiera ganarse la vida. No tenía esperanza en su futuro. “Desde su liberación le hemos visto cambiar delante de nuestros ojos día tras día. Ha caído en una profunda depresión, y hay momentos en los que es completamente irracional. Tenemos que vigilarlo todo el tiempo, incluso durante la noche, para asegurarnos de que no se va a autolesionar. Es muy angustioso”, explica John y sigue hablando: “Lamentablemente, la situación de Shiden no es única; miles de cristianos que han estado en prisión durante varios periodos alternos de tiempo, enfrentan problemas similares al salir. Y necesitan mucha oración y apoyo. Pensemos cómo podemos apoyar a aquellos que están en la cárcel, pero también cuando salgan de prisión. Sueño con el día en el que Shiden sea sanado y encuentre esperanza de nuevo. Por favor, orad por él y por los muchos otros que están sufriendo de esta manera.”

Según comenta el director de Puertas Abiertas en el Este de África: “Nuestro adversario, el diablo, camina alrededor como león rugiente, intentando destruir nuestra fe. Nuestros hermanos y hermanas de Eritrea necesitan urgentemente nuestras oraciones para que Dios los sane y puedan desarrollarse comunidades cristianas sólidas que sean capaces de ofrecer apoyo emocional y práctico a los cristianos afectados como Shiden debido a las dificultades actuales. Puertas Abiertas ofrece apoyo práctico a la iglesia allí a través de colaboradores locales”.

*Nombres cambiados por razones de seguridad