En el estricto Reino Islámico de Arabia Saudí, sede de los dos lugares más santos, Meca y Medina, el Ramadán adquiere mucha relevancia. Durante el Ramadán la influencia de las leyes sharía islámicas es incluso más palpable. Nadie en el país, ni siquiera los extranjeros con otros trasfondos religiosos, tiene permitido comer o beber en público durante el Ramadán.

Para los creyentes saudíes el Ramadán es un tiempo de confrontación aun más intensa con sus familiares, los cuales muchas veces ignoran su fe. Especialmente ahora se espera que todos los saudíes oren y ayunen y los creyentes sienten la presión de actuar como musulmanes devotos delante de sus familiares.

Ahmed*, un creyente local, comparte con nosotros que era un devoto estudiante del islam antes de conocer a Cristo. Ante su familia este conocimiento religioso le da una posición privilegiada, lo que les lleva con frecuencia a pedirle a él que dirija las oraciones diarias en casa. Esta situación es “incómoda y difícil” para él. Para Ahmed el Ramadán es ahora más bien un evento cultural. No obstante, si se encuentra en una situación en que le es imposible evitar ir a la mezquita a orar, ora allí en secreto a Jesús.

Los saudíes recién convertidos tienen que tener mucho cuidado a la hora de compartir su fe con los demás. Se consideraría que es una deshonra para la familia, especialmente si se hiciera público, lo que puede desembocar en excomunión de la comunidad, arresto, encarcelamiento e incluso en el crimen de honor. Por ello, muchos creyentes saudíes abandonan el país tarde o temprano. Los creyentes como Ahmed intentan pasar desapercibidos y tienen mucho cuidado cuando testifican ante los demás.

*Nombre cambiado por motivos de seguridad