Actualmente, Farah se reúne en secreto con otros hermanos que, como él, solo pueden esperar enemistad de parte de su comunidad, pero por otro lado, saben que tienen suerte de estar vivos, porque solo unos pocos somalíes que profesan su fe cristiana pueden mantenerse con vida.

Farah conoció a Cristo hace muchos años: “Mi padre era el imán de la mezquita local y era muy famoso en la comunidad. A los ocho años oí una voz irreconocible que me pedía que la siguiera. Y desde entonces nació un anhelo por conocer más acerca de Jesús (…) En ese tiempo teníamos unos vecinos extranjeros cristianos, que solía visitar sin darme cuenta de la fuerte conexión que me unía a ellos. Cuando mis padres se percataron, les pidieron que no me recibieran. Pero yo, sin que se percataran, trepaba la cerca de su casa para lograr estar con ellos.

“Luego comenzé a sentir rechazo al estudio del Corán. Y lo que hacía en vez de eso era escuchar programas de radios cristianas somalíes, y me gustaban. Mi familia me decía que un mal llamado ‘cristianismo’ se había apoderado de mí.

“A  los trece años, mi fe ya era madura y empecé a predicarles a mis amigos de la escuela. De los cuarenta chicos de mi clase, se convirtieron tres. Luego me expulsaron. Y algunos de ellos les revelaron a mis padres lo que yo estaba haciendo, y desde ahí comenzó la persecución para mí. 

“A los diecisiete, predicaba el Evangelio. Mi padre decía que debía ser asesinado, pero mi madre y mis hermanos estaban en contra. Así que, en vez de matarme, me encarcelaron seis meses. Pero nada impidió que siguiera predicando; así que los oficiales me aislaron de los otros presos.

 “Dios hablaba a mi corazón y me decía que no temiera, que Él me sostenía todo el tiempo. Para mí, la vida cristiana es comparable a una persona que camina en la oscuridad con una luz. Él me trajo a la luz, y por eso podía caminar y vivir de la manera correcta”.

Su mujer no pudo resistir tanta presión

No pudieron destruir su fe, pero aún había otra forma de llegar a él. A los treinta, Farah se casó con una mujer que aceptó su fe. Y tuvieron cinco hijos. “De todas las mujeres que tenía a mi alrededor, elegí a la que estaba convencida de seguir mi fe en Cristo. Nos casamos después de un año de noviazgo. Orábamos juntos y teníamos una buena relación entre nosotros y con nuestros hijos. Ella tenía mucha luz y fe en Cristo. Invitaba a otras creyentes a orar juntas”.  

Pero unos años después, en la zona en la que vivían se desató una persecución intensa, y Farah escuchó que la policía venía a por él: “La policía empezó a esperarme fuera de mi casa; y hasta llegaron a entrar, sin poder encontrarme”.

Esa persecución policial comenzó a ser cada vez más intensa y consistente: “Me mantuve escondido en un área remota, y tuve que dejar a mi familia. Luego enfermé y sufrí mucho dolor. Y todo sin tener a nadie cerca. Mi alma estaba abatida, pero el Espíritu Santo me consolaba. Y fue justo en esa época cuando conocí a Puertas Abiertas: me ayudaron con medicamentos y estaban en contacto conmigo. Me consolaron durante mis dificultades y mantuvieron mi mente tranquila”.

La salud de Farah empeoró, por lo que tuvo que volver a la ciudad para recibir tratamiento. Cuatro meses después supo que las autoridades ya no intentaban encarcelarlo, pero también que su esposa se había mudado. Ese tiempo de separación fue más difícil de sobrellevar para ella y sus hijos que para él; sufrieron mucho en su ausencia: “La comunidad los perseguía hasta la misma casa en la que vivían, le preguntaban por qué seguía a su esposo”.

Al final, no pudiendo resistir más esa situación de constante persecución, su mujer se mudó a la casa de sus padres, lo cual ha sido un acontecimiento muy devastador para Farah. Desde entonces, Farah también se ha visto completamente abandonado por la comunidad. "Gente que no conocía me llamó y me insultó. No pude encontrar un solo trabajo porque todos me conocían. Toda mi tribu me ignoró. Mi familia me pidió que eligiera, pero les dije que necesitaba la verdad, no su riqueza…".

Farah junto a visitantes de Puertas Abiertas

Tú eres parte de la historia de Farah

Gracias a tu apoyo y oración, Puertas Abiertas sigue ayudando a Farah, por ejemplo con la creación de un proyecto propio: “Mis hermanos de sangre me persiguieron y me abandonaron, pero mis hermanos en Cristo me ayudaron. En mi sufrimiento me di cuenta de que hay gente que ora por mí, que muestra interés por mí y que me ayuda; y eso incrementa mi fe”.

 “Gracias por todo lo que hacéis. Puertas Abiertas fue la primera visita y ayuda que recibí. Vuestras oraciones son las que me sostienen. Es el espíritu de Dios quien los guió a venir hasta aquí… Dios bendiga a todos los que le sirven bajo persecución, como yo”, dice Farah.