Mi nombre es Ibrahim * y tengo 20 años. Crecí en una familia musulmana donde aprendí que matar cristianos no solo era bueno, sino también la forma de obtener un billete directo al cielo.

Pero la cruz siempre me fascinó. Nunca supe realmente lo que significaba aparte del hecho de que era un símbolo cristiano. Seguí investigando y en secreto comencé a asistir a una iglesia evangélica local. Finalmente, entendí que la cruz era mi salvación. La cruz fue mi "billete gratuito" al cielo, a la salvación.

El día que entregué mi vida a Jesús recordé lo que mis padres me habían enseñado sobre el cristianismo y sabía que se enfadarían mucho. Mi padre me había advertido desde niño que, si alguna vez me convertía al cristianismo, él mismo me mataría. Sabía que mi conversión causaría vergüenza a la familia y, al descubrirlo, su reacción sería siempre la de intentar matarme. Por ello no me atreví a contarles nada, porque sabía que sus amenazas no serían solo verbales, sino que intentarían matarme de verdad.

Por ese motivo mantuve mi fe en secreto. Cuando iba a la iglesia, mentía y les decía a mis padres que iba a un partido de fútbol. Pero cuando la temporada finalmente terminó, seguí diciendo que iba al fútbol.

Un día llegué a casa y mis padres me increparon: "Hoy no ha habido fútbol. ¡Nos has engañado! ¡Nos has mentido! ¿Dónde has estado? "Traté de evitar responder a sus preguntas. Mi padre dijo que otros le habían contado que yo estaba asistiendo a la iglesia pero que antes de tomar medidas consultaría con sus fuentes.

Sabía que tenía que huir. No me llevé nada, solo lo puesto.

Me quedé un rato en la calle pensando y decidí ir a una zona lejos de ahí. Pero antes de que pudiera irme, un hermano de la iglesia me llamó y me ofreció quedarme con él. A los siete meses, un pariente me encontró. Me había estado espiando y sabía exactamente dónde vivía, dónde trabajaba y a qué iglesia asistía. Le dijo a mi padre dónde podía encontrarme.

Mi padre, todavía muy furioso por mi decisión, acudió a mi lugar de trabajo, gritándome y amenazándome en público. Me acusó de traicionar a la familia y de avergonzarlos. Tuve que huir de nuevo. Otra vez, no tenía nada más que lo puesto.

Fue entonces cuando conocí a alguien de Puertas Abiertas que buscó un lugar donde podía quedarme. Actualmente sigo escondido, pues mis hermanos me siguen buscando para matarme al igual que al hermano de la iglesia que me protegió.

Pero no hay vuelta atrás. Antes de conocer a Cristo, odiaba a la gente y era muy desconfiado. Cuando entregué mi vida a Cristo, tuve que abandonar mi hogar y todo lo que amaba. Fue entonces cuando comencé a amar a la gente. La paz llenó mi vida. Las personas miden sus vidas en función de lo que poseen, pero yo sé que la paz proviene solo de Jesús.

*Nombre cambiado por razones de seguridad

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